Mi primera cima
En teoría hoy debíamos colaborar en el trabajo de campo con Natividad. Pero sólo en teoría. No ha habido narices de encontrar a la mujer, así que en algo debemos ocuparnos.
Le doy mucha importancia al conocer dónde estoy, así que me he decidido hacer mi primera cima. Además, si me saco de encima el mal de altura, mucho mejor. Iñaki y Cédric deciden hacer otra mesa (nos estamos convirtiendo en carpinteros profesionales).
Mochila con lo básico: chubasquero, cámara de fotos, papel de combate (por si las moscas) y una botellita de agua.
Hay una loma al otro lado de la quebrada y me parece un buen primer sitio para ascender. En línea recta, el camino no parece ni tanto ni tan duro… Lo malo es que los Andes no se caracterizan por los llanos. He de bajar un valle y luego volverlo a subir al otro lado. Mis pulmones ya no tienen –tristemente- 20 años y la presión de los casi 4.000 metros se notan.
El descenso no tiene demasiada complicación. Sólo se trata de no poner el pie donde no se debe y hacer lo mismo con el otro pie. Al final del valle hay un rio, con muy poco caudal y una cascada. El saltito al otro lado no es complicado. Y a subir. Empieza lo duro. Entre paradita y paradita, para respirar, voy subiendo.
En poco más de una hora consigo mi objetivo: ¡Cumbre!
Estoy orgulloso de haber llegado hasta arriba, hasta donde yo quería, pese a que mi Pepito Grillo me decía continuamente que regresara por donde he venido.
Para celebrar mi meta, me siento y me fumo un cigarro. Las buenas celebraciones siempre necesitan de un buen cigarro. Se ve Guayama desde aquí.
Regreso a Guayama. Lo que antes era una bajada no muy dura se convierte ahora en una subida mortal… Es dura de narices. Poco a poco consigo regresar a la casa de voluntarios, donde Iñaki y Cédric han acabado la nueva mesa.
Y después de comer, a dar más clases.
Me voy dando cuenta de la dificultad del voluntariado en la comunidad.
Y película y cama prontito.
A las 2 de la mañana nos levantamos para coger el autobús que nos llevará a Latacunga.

