De faunas varias

Hace poco escribía acerca de mis nuevos amigos, los escarabajos voladores. Pero esos torpes animalitos no son los únicos –aunque sí los más vistosos- que abundan en la fauna de mi casita en Guayama Grande.

Mosquito de medio metro Una colección de bichos pulula a sus anchas por casa, como compañeros de piso. El animal que más me sorprende es el mosquito. Sí, el mosquito de medio metro. Si os dicen que a partir de 2.500 metros de altura no hay mosquitos, reíros. Existen mosquitos de los que asustan, de esos enormes, de los que se mofan de las frías temperaturas y de los que sólo quieren un poco de cariño. Afortunadamente, no muerden –estos mosquitos deben morder y no picar. O, por lo menos, hasta la fecha, no han mordido. Si no tocan mucho las narices yo tampoco les toco las narices. No nos hablamos mucho pero por lo menos no nos tiramos los platos a la cabeza.

Otra especie abunda en la casa: las arañas. De ésta hay para todos los gustos. Existen las mini-arañas, como las que existen en nuestras casas normales, que ni comen ni pican ni hacen nada de nada. No creo que sirvan ni para cazar mosquitos gigantes. Sólo esperan acabar sus vidas debajo de alguna bota que no se percate de su existencia. El problema viene con esas arañas de cabeza gorda y pata estrecha. No molestan mucho, la verdad, pero acojonan… Tengo ahora mismo una mirándome desde la uralita de mi techo.

Me imagino que también deben existir pulgas, garrapatas, ladillas, ácaros… Incluso he visto algún cucaracho (a todos esos bichos parecidos a las cucarachas los llamo así). Pero el rey de reyes de los bichos de casa es el simpático ratón. Su única función vital es la de pasearse por las paredes y vigas, comer libros y bolsas de plástico, cagarse en los estantes y en la comida, y asustar al resto de inquilinos, sobre todo de noche.

Tendré que comenzar a ponerles nombre y sentirme más como en casa.

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