Carne, carne…

Desayuno Mis compañeros tienen una gran afición a dormir. Así que me he levantado, he desayunado (¡qué desayunos en el hostal…!) y me he ido a dar otra vueltecita por Latacunga. A las 8 de la mañana las calles de la ciudad están llenas de gente y, sobre todo, cuando llego al mercado. Doy vueltas y más vueltas y regreso al centro de operaciones. Mis compañeros por fin se levantan, veo cómo desayunan y empieza el trabajo duro: a no hacer nada útil.

Aprovecho y me conecto a internet. Un poco más tarde vamos a buscar la ropa –ya limpia- a la lavandería. Es curioso cómo parece que o yo me he hecho más grande o la ropa se ha hecho más pequeña.

PerreandoComemos en el hostal. Y llamo al señor Marcelo para quedar mañana con él y subir los bloques (ladrillos) a Guayama. Ya decía yo que habíamos bajado a Latacunga por algo… Necesito llamar a este señor 3 veces porque no está mucho por la labor… Finalmente, quedamos en que le llamaré mañana a primera hora para saber si sube o no sube. Gran parte de la tarde la dedicamos al muy noble y aristocrático arte de no hacer nada, salvo ver películas.

Cédric y yo vamos en busca de más ropa y a cenar unas hamburguesas con papas en una hamburguesería. ¡Qué necesidad de carne tenemos!. Cédric es suizo y ni es moreno ni nada parecido. La chica que nos atiende en la hamburguesería le habla en inglés. Yo creo que es un acto de chulería, para demostrar delante de sus colegas que sabe inglés. La verdad es que es muy raro en Ecuador encontrar a gente que conozca este idioma.

Mi estómago no está del todo bien hoy, me imagino que aún se está habituando a los nuevos hábitos alimenticios. Veremos qué pasa en los próximos días.

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Cuerpo limpio, ropa limpia

Seco de polloHemos pasado la noche en el autobús. Por lo menos hay poca gente que se dirige a Latacunga a estas tempestuosas horas y podemos agenciarnos de un par de asientos cada uno. Hace frío. Desde Guayama sólo sale un autobús hacia Latacunga, el de las 3 de la mañana, así que no hay más remedio (más adelante conseguí tener otras opciones). Para variar, no consigo dormir en el autobús.

Al llegar a Latacunga, sobre las 6:30, nos dirigimos directamente al mercado a desayunar. En España estoy acostumbrado a beberme sólo un café para desayunar. Sin embargo, en Ecuador se acostumbra a desayunar en condiciones. Iñaki y yo nos comemos un seco (arroz) de pollo. Poco a poco y estando fuera de Guayama me iré acostumbrando a comer tanto a primeras horas del día.

Hostal Tiana Y hacia el Hostal Café Tiana, nuestro centro de operaciones en Latacunga. Directamente nos metemos en la cama, a dormir un poco. Al despertarme toca ducha. Mejor dicho: ¡La ducha! Sienta de narices eso de estar debajo de agua corriente y, además, caliente. Hay un cartel en el que pone que no nos aprovechemos demasiado del agua caliente… No le hago mucho caso. Sólo el hecho de escuchar a la mujer de la limpieza hace que empiece a secarme. Ha merecido la pena. ¡Cuánto echaba de menos una ducha en condiciones!

Lavandería Comemos sobre las 3 de la tarde: más arroz. Y una cerveza. Salimos a dar una vuelta por Latacunga y, fundamentalmente, a la lavandería. La ciudad no parece demasiado grande, aunque seguro que tiene que serlo mucho más debido a los más de cien mil habitantes que viven aquí. Oscurece y regresamos al hostal, a cenar. En el hostal se come muy y muy bien, la verdad. Nos comemos una lasaña.

Paso algunos momentos de crisis, que se solucionan cuando voy a dormir. Buenas noches.

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De faunas varias

Hace poco escribía acerca de mis nuevos amigos, los escarabajos voladores. Pero esos torpes animalitos no son los únicos –aunque sí los más vistosos- que abundan en la fauna de mi casita en Guayama Grande.

Mosquito de medio metro Una colección de bichos pulula a sus anchas por casa, como compañeros de piso. El animal que más me sorprende es el mosquito. Sí, el mosquito de medio metro. Si os dicen que a partir de 2.500 metros de altura no hay mosquitos, reíros. Existen mosquitos de los que asustan, de esos enormes, de los que se mofan de las frías temperaturas y de los que sólo quieren un poco de cariño. Afortunadamente, no muerden –estos mosquitos deben morder y no picar. O, por lo menos, hasta la fecha, no han mordido. Si no tocan mucho las narices yo tampoco les toco las narices. No nos hablamos mucho pero por lo menos no nos tiramos los platos a la cabeza.

Otra especie abunda en la casa: las arañas. De ésta hay para todos los gustos. Existen las mini-arañas, como las que existen en nuestras casas normales, que ni comen ni pican ni hacen nada de nada. No creo que sirvan ni para cazar mosquitos gigantes. Sólo esperan acabar sus vidas debajo de alguna bota que no se percate de su existencia. El problema viene con esas arañas de cabeza gorda y pata estrecha. No molestan mucho, la verdad, pero acojonan… Tengo ahora mismo una mirándome desde la uralita de mi techo.

Me imagino que también deben existir pulgas, garrapatas, ladillas, ácaros… Incluso he visto algún cucaracho (a todos esos bichos parecidos a las cucarachas los llamo así). Pero el rey de reyes de los bichos de casa es el simpático ratón. Su única función vital es la de pasearse por las paredes y vigas, comer libros y bolsas de plástico, cagarse en los estantes y en la comida, y asustar al resto de inquilinos, sobre todo de noche.

Tendré que comenzar a ponerles nombre y sentirme más como en casa.

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Mi primera cima

En teoría hoy debíamos colaborar en el trabajo de campo con Natividad. Pero sólo en teoría. No ha habido narices de encontrar a la mujer, así que en algo debemos ocuparnos.

Le doy mucha importancia al conocer dónde estoy, así que me he decidido hacer mi primera cima. Además, si me saco de encima el mal de altura, mucho mejor. Iñaki y Cédric deciden hacer otra mesa (nos estamos convirtiendo en carpinteros profesionales).

Mochila con lo básico: chubasquero, cámara de fotos, papel de combate (por si las moscas) y una botellita de agua.

Paisajes Hay una loma al otro lado de la quebrada y me parece un buen primer sitio para ascender. En línea recta, el camino no parece ni tanto ni tan duro… Lo malo es que los Andes no se caracterizan por los llanos. He de bajar un valle y luego volverlo a subir al otro lado. Mis pulmones ya no tienen –tristemente- 20 años y la presión de los casi 4.000 metros se notan.

El descenso no tiene demasiada complicación. Sólo se trata de no poner el pie donde no se debe y hacer lo mismo con el otro pie. Al final del valle hay un rio, con muy poco caudal y una cascada. El saltito al otro lado no es complicado. Y a subir. Empieza lo duro. Entre paradita y paradita, para respirar, voy subiendo.

En poco más de una hora consigo mi objetivo: ¡Cumbre!

Estoy orgulloso de haber llegado hasta arriba, hasta donde yo quería, pese a que mi Pepito Grillo me decía continuamente que regresara por donde he venido.

Cumbre y celebración Para celebrar mi meta, me siento y me fumo un cigarro. Las buenas celebraciones siempre necesitan de un buen cigarro. Se ve Guayama desde aquí.

Regreso a Guayama. Lo que antes era una bajada no muy dura se convierte ahora en una subida mortal… Es dura de narices. Poco a poco consigo regresar a la casa de voluntarios, donde Iñaki y Cédric han acabado la nueva mesa.

Y después de comer, a dar más clases.

Me voy dando cuenta de la dificultad del voluntariado en la comunidad.

Y película y cama prontito.

A las 2 de la mañana nos levantamos para coger el autobús que nos llevará a Latacunga.

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Qué es eso de Guayama Grande…

El 16 de enero llegaba a la comunidad de Guayama Grande. Poca cosa sabía de qué narices era eso. Desde la cima en donde nos deja el autobús se ven apenas unas 4-5 casas. ¿Eso es Guayama? No. Guayama Grande es sólo un territorio, un territorio alejado de otros territorios. Sea por peleas, por placer o por azar, unas familias se establecieron a unos cientos de metros de la comunidad más cercana: Guayama San Pedro.

Ambas comunidades pertenecen a la parroquia de Chugchilán, nombre que he tardado 3 semanas en aprenderlo.

En medio de los Andes ecuatorianos viven unas 27-28 familias, aunque genealógicamente sean 4 ó 5. He tenido la suerte de ver e investigar un poco acerca del censo de la comunidad. Sólo hay 4-5 apellidos.

Las casas están bien alejadas unas de las otras, algunas incluso en la cima de una de las montañas que nos rodea. Y tienen un espacio común, más parecido a un pequeño pueblo, con 2 tiendas –espero hablar de las tiendas-, una cancha de baloncesto –donde sólo juegan a ecuavolley-, una pequeña escuela y la sempiterna iglesia, el edificio más alto. Se han unos 10 minutos desde casa hasta la zona común, y cuesta arriba.

Aparentemente, la gente aquí vive del poco ganado que tiene, básicamente ovejas y algún chancho (cerdo), y de lo poco que da la tierra, básicamente papas y quinua. Es una comunidad muy pobre, aunque mi primera impresión fue la de que no les falta de nada, debido al sesgo occidental: yo no tengo ni ganado, ni tierras, ni estas vistas tan espectaculares.

Es cierto que tienen muy poco, incluso los niños van con rotos en sus jerséis y pantalones. Pero hay una cosa que sí tienen estos mismos niños y que envidio: su sonrisa.

Salvo alguna pequeña excepción, el nivel de analfabetismo es bastante elevado y, como siempre han hablado en kichwa (o quichwa, o quichua), no dominan demasiado el español y a algunos no se les entiende cuando conversamos. Utilizo la misma táctica que con el inglés: escuchar alguna palabra y pensar en el contexto. Lo consigo como con el inglés: no me entero de nada.

Como proyectos para la mejora económica y social, varias fundaciones trabajan sobre el terreno, aunque sólo una aporta voluntarios. El último proyecto, por parte de Funhabit, fue el de la cría y mejora de los cuyes (cobayas). De momento se ha quedado sólo en proyecto. Ahora estamos con las granjas de pollos, que creo también se quedará en proyecto.

Se hace difícil cambiar la mentalidad de estos habitantes. En ningún momento estoy insinuando el sesgo de la “superioridad de lo occidental”, sino que me refiero a que todos somos animales costumbristas. Nos gusta la rutina. A los habitantes de Guayama Grande, también. Es difícil hacer algo con ellos que no han hecho nunca. Las papas les convencen, porque las han cultivado siempre. Las ovejas y los chanchos les convencen porque los han criado siempre. Los pollos, no.

Y yo no he venido para cambiar las costumbres de nadie. Para eso existen otras organizaciones. Yo sólo puedo colaborar en lo poco que sé.

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Conociendo los alrededores

En principio, la tarea de hoy era la de cortar uralita (cuyo nombre allí es algo así como “interné”. No tengo demasiado claro si el nombre es ese, pero se parecía bastante), pero Fabián, el hijo de Segundo y quien nos iba a abrir la casa de su papá, donde estaba el material, estaba desaparecido.

Alrededores de la casa Así que en algo debemos ocuparnos. Damos una vuelta alrededor de la casa de voluntarios, a ver el paisaje. Es un panorama fantástico, con una quebrada realmente hermosa. Todo lo que se ve, mirando al frente es hermoso. Da gusto contemplar la orografía andina.

Cédric se queda en la casa a descansar un poco porque se encuentra algo enfermo. Iñaki y yo decidimos ir a la comunidad más cercana: Guayama San Pedro. Es un camino de unos 20 minutos de ida y un poco más de vuelta. Vamos por el atajo. Es cierto que hay carreteras de arena que van dando eses entre las montañas y volcanes andinos, pero son sólo para carros y autobuses. La gente de por aquí siempre utiliza caminos, pequeños e imposibles de seguir por algún vehículo. Más adelante, conocer algunos de esos caminos me ayudará bastante a sobrevivir en solitario.

Guayama San Pedro, comparada con Guayama Grande, parece un pueblo pequeño. Incluso tiene un pequeño hostal y varias tiendas (con tabaco y todo…). Pero lo que nos interesa de Guayama San Pedro es tomarnos una cerveza, que acompañamos con unas sardinas. Casi como el vermú en España. No hay que perder tradiciones. Lo dicho: Esto del voluntariado no parece ahora tan duro…

Nos sentamos en una especie de banco en el exterior de la tienda, frente al camino que conduce a Quilotoa y su laguna. Estamos en la gloria.

Guayama San Pedro Aparecen un par de italianos que se dirigen a Quilotoa, con quienes conversamos. Ellos tienen de senderistas lo que nosotros de religiosos. ¿Cómo se puede pretender subir una montaña a las 12 del mediodía? Son turineses y en seguida nos insinúan que quieren marihuana… (montañistas de pura cepa, lo dicho). Charlamos un poco con ellos, incluso me atrevo con mi desaprovechado italiano, y aparece Kathy, de regreso de la laguna. Todos ellos están hospedados en Chugchilán.

Soy consciente en este momento de van a pasarme varias cosas durante el tiempo que dure mi voluntariado. Entre ellas, sé que voy a conocer a mucha gente y que debo conocer Chugchilán, sobre todo si hay allí 3 voluntarias italianas, según lo que me comenta Iñaki. Finalmente eran alemanas, pero da igual. Aprender alemán también es un reto.

HongosCaminamos un poco con los italianos, hasta que el camino se separa en dos. Nos dicen que las numerosas setas (hongos para los ecuatorianos) que hay por allí son comestibles. Esas setas nadie se las come, ni los perros. Decidimos que las prueben los turineses primero y luego ya veremos.

Llegada, de nuevo, a Guayama Grande, comida y a la asociación a dar clases. Mientras yo estaba con los críos, Iñaki se ha ocupado de Natividad. Allí también damos clases a los adultos que estudian a distancia. Son 5 ó 6 personas y, la verdad, comprobando en primera persona cómo viven y cómo trabajan, querer estudiar me parece un acto realmente loable. La otra verdad es que no suelen venir a las clases…

De regreso a la casa hacemos un poco de domingo, limpiamos. Un poco de cangil (palomitas de maíz) y vemos una película malísima de George Clooney. Afortunadamente, eso nos atonta a los tres. Sobre las 21:30-22 horas nos vamos a la cama. Buenas noches desde los Andes.

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Escarabajos voladores

Mi amigo el escarabajo No sé cómo se reproducen ni como se alimentan (Iñaki acaba de decirme que les ha visto ligando y copulando). Sólo sé que vuelan, que son muy patosos y que mueren en seguida. Es sobre todo a partir de la noche cuando se les empieza a escuchar. El grácil revoloteo de sus alas es más horrible que el de las moscas y, aunque son capaces de volar un poco, no aguantan mucho en el aire y caen pesadamente sobre el suelo, la manta, el portátil, el saco, el cabello o donde sea.

Más divertidos resultan cuando caen justo en medio del fuego de la calefacción –calefacción central porque ponemos la estufa en medio del comedor- porque se queman y se desintegran rápidamente.

En casa ahora mismito vivimos 3 personas que odiamos matar animales, por muy desgraciados que sean, pero por aquí corre Rufa, una simpática perrita de unos meses. Le encantan los escarabajos. Se los come en cuanto los ve, y le da igual que estén vivos o muertos. Se los zampa con una ricura tan envidiosa… Entre otras cosas, por ese motivo la invitamos a casa.

Si nosotros matamos animales somos unos insensibles y unos asesinos. Si se los come Rufa… selección natural.

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Primeros esfuerzos

Camino a Comuna Primer lunes en Guayama Grande. Como siempre, soy el primero en levantarme y pongo a hervir el agua, como si alguien fuera a parir. Hemos quedado a las 9 para bajar tablones a la granja. Llegamos a comuna sobre las 9:30, cosa que no está nada mal para estar en Ecuador. Segundo no está, aunque sí Fabián, su hijo, que lleva las llaves de su segunda casa, demasiado fría para vivir, y donde están los tablones. A bajarlos tocan.

Fabián Aproximadamente hay una distancia de unos 300 metros entre comuna y la granja. No parece mucho, la verdad, pero con unos 15-20 quilos de tablones largos en el hombro y los casi 4.000 metros de altura, el camino se hace eterno. Nos cuesta algo comprenderlo, pero finalmente decidimos ir de tablón a tablón, nada de intentar ser superhéroes, que por los Andes nunca ha estado de moda.  Vamos bajándolos, con calma, eso si, con mucha calma. Fabián, aunque es un niño, nos ayuda, así como su madre, Natividad, que viene con su otra hija, Érica, una niña hermosa y fantástica, que siempre se está riendo. Una de las cosas en las que me he fijado, desde que estoy aquí es que todo el mundo trabaja, da igual la edad o el género. Por lo menos hay igualdad. Érica se salva porque es demasiado pequeña.

Cuando acabamos el trabajo, regresamos a casa. Estamos todos reventados, especialmente Cédric y yo. El tortazo que me metí anoche, en la rodilla, duele y me pongo ungüento de esos que van bien para los golpes. Estoy hecho polvo, muy cansado y me duele todo. El trabajo es muy duro, la verdad, o, por lo menos, hoy lo ha sido.

Fabian y ÉricaEl vecino, Alfonso, un hombre de unos sesentaytantos años, se ofrece a traernos una bombona de gas, fundamental para la cocina y para la estufa. Tiene que ir a la comunidad de al lado, una media hora andando a paso normal, con la bombona vacía, y regresar con una bombona de unos 20 quilos cargada en la espalda. Increíble. Le doy 10 dólares por la bombona y por el servicio (realmente es porque no tenía un billete de 5$). Quizás por los 10 dólares ha venido Natividad, la esposa de su hijastro, Segundo, a ordenarnos el saco de comida que nos dona el párroco de Chugchilán, parroquia a la que pertenece Guayama.

Cédric está constipado pero, además, le han operado 3 veces del corazón y le está doliendo. Iñaki y yo le mimamos como podemos y le dejamos en la cama mientras subimos, de nuevo, a comuna, al local de la asociación, a dar clases a los niños. Lo único que debemos hacer es ayudar a los críos a hacer los deberes de la escuela. Me sorprenden la rapidez mental de Renán y la motivación de Aída. OLYMPUS DIGITAL CAMERAIrene no hace absolutamente nada y Lucio, el pequeño vecino, juega. Intento enseñarle a Renán a hacer raíces cuadradas pero no hay narices, no me salen. Malditas neuronas que se me mueren… Intento ayudarme con el libro de matemáticas de la escuela pero esta en quichua. Mal asunto. Tendré que aprender quichua –que no quechua (el idioma peruano).

Sobre las 17 horas acabamos nuestro trabajo y regresamos a casa. Merendamos un poco y vemos una película. Cenamos y vemos otra película. Pensaréis que en este voluntariado sólo hemos estado viendo películas…

Mientras nos lavamos los dientes miro las estrellas. Recordad que no tenemos agua corriente en casa (ni fuera), así que el agua viene de los vasos que llenamos con el agua purificada (previa sesión de hervido o de pastilla purificadora).

Menudas estrellas. Ayer se pudieron ver un poco, pero hoy están mucho más lindas. Me gustaría salir afuera y tumbarme en la hierba, pero hace un frío del quince. Mejor estar en la cama, soñando con princesas.

Me duele todo.

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Mi primera ducha

Ducha Vuelvo a ser el primero en levantarme, caliento agua y dejo que hierva los 15 minutos de rigor. Me hago un café. Poco a poco van despertándose mis compañeros. Hoy es un día grande: voy a ducharme.

Sé que, probablemente, esta acción puede carecer de de importancia pero ¿y si en casa no tenéis ni agua corriente, ni agua caliente, ni ducha? Cuando regrese a España prometo mostrar mis respetos todos los días a la santa bañera.

La gente de aquí -en teoría porque no lo he visto personalmente- calienta agua y la hecha en un barreño. Se lavan como los gatos. Pero como yo soy más retorcido, quiero poner en práctica algo parecido a una ducha normal y corriente. Caliento agua en la jarra de calentar agua para el café y salgo al pequeño lavabo –compartido con los vecinos- donde, en una pequeña habitación contigua, en teoría, está la ducha. La instalación está ya hecha, pero el agua no llega.

Al principio uso una especie de manopla -la funda de una toalla- para ir mojándome el cuerpo. No funciona. Hay que pasar a otras maneras.

Poco a poco, le voy pillando el truco: se trata de tener dos botes de agua: uno con agua caliente hasta arriba (la jarra) y el otro con agua fría por la mitad (la garrafa de 5 litros para ir a buscar el agua a la fuente). Se trata de ir haciendo trasvases para no quemarse ni congelarse. También hay que tener en cuenta la cantidad de agua que se dispone, para no salir con el cuerpo lleno de jabón.

Con paciencia y buen humor, orgulloso y lleno de satisfacción, acabo duchándome.

Hace un frío del carajo.

Trabajando un poco Y ahora, a trabajar. Debemos cavar unos cuantos metros de tierra. Vamos al lugar donde irá la granja de pollos y nos ponemos a cavar a pico y pala. Los niños trabajan con nosotros. En este momento noto el mal de altura. Me cuesta respirar. Cada tres o cuatro palazos tengo que parar a descansar y a tomar aire. Incluso llego a marearme. No acabamos el agujero, pero estamos contentos. Hemos avanzado.

En casa, comemos y aprovechando que no tenemos luz, arreglamos un poco el cableado eléctrico y añadimos algunos enchufes. Poco después nos damos cuenta de que si alguien hubiera tocado el cable rojo de la caja eléctrica, nos hubiéramos hecho muchas cosquillas.

Regresamos de nuevo a nuestra futura granja de pollos. No sólo el trabajo estaba muy avanzado, Segundo y su familia han hecho minga familiar y han acabado el agujero. Fantástico. Vamos a comuna, el espacio comunal de la comunidad. Allí, sucede una cosa igual de surrealista que el resto: me toca montar una batería (Sí, sí, batería musical). No obstante, faltan muchas piezas y otras están rotas. Hago lo que puedo y monto una batería sin ningún plato pero con un tom y un Goliat. Fantástico. Quieren que enseñe tocar la batería a quien quiera aprender.

Comuneros Descansamos un poco, en casa, y a comuna de nuevo: tenemos que ver una presentación en PowerPoint junto a algunos comuneros. Segundo, a su manera, también intenta reeducar a sus vecinos. La presentación es un reenviado de esos en los que se dice que no nos quejemos porque hay gente que está mucho peor que nosotros. Resulta curioso observar cómo en todos los pueblos se considera que hay pueblos peores. Guayama Grande no es una comunidad próspera, no tienen mucho, la verdad. Pero yo, cuando la miro, sólo veo paisajes hermosos, gente que siempre saluda dándote la mano y diciéndote “buenos días” o “buenas tardes”. Veo cosas muy buenas. Pienso en qué pensarían estas personas que nunca han salido de la comunidad si vinieran a mi casa. Probablemente estarían alucinando con mi pueblo igual que yo con el suyo. Eso me hace pensar que debo sentirme más orgulloso con lo que tengo en España. Realmente vivo en un paraíso. ¡Y con agua caliente!

Un poco más tarde, conocemos la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Proyecto Rural de Áreas “La Golondrina” de la Comunidad de Guayama Grande (AMEPRAGGJ)… (no sé de dónde viene esa “J”), que, por lo que parece, a fin de cuentas es la que maneja la plata que recibe la comunidad en concepto de ayudas gubernamentales y no gubernamentales. Es bastante absurda la excesiva burocracia cuando leen el orden del día, pasan lista y observo que 10 de 12 son miembros de la junta directiva…

Una de las órdenes era cambiar esa situación tan absurda de que casi todos los asociados fueran directivos. También se habla que, cuando se propuso lo de montar una granja de pollos, sólo el esposo de una asociada estaba de acuerdo, Segundo, y le sabe mal que estemos aquí sólo para beneficio privado. No hay problema, ahora parece ser que todos quieren algo parecido. No sé si las cosas deben ser así, pero sí sé que es muy difícil cambiar la vaguería de la gente de Guayama.

De carpinteros Por la noche (a partir de las 6 ya es de noche) regresamos a casa con unos tablones. Nos hemos decidido a hacer una mesa en condiciones. Me caigo a un agujero y me intento levantar olvidándome que llevo 20 kilos en tablones en mi hombro derecho. Vuelvo a caerme y, ley de Murphy, me doy con toda la rodilla contra una piedra. Es ley de Murphy porque aquí todo es arena y hierba…

Conseguimos serrar las tablas, clavar los clavos, montar la mesa y cenar sobre ella. Está fenomenal. Me doy cuenta de que soy un inútil y de que no sirvo para nada. ¿De qué me sirve haberme leído completamente el Quijote, si no sé montar una chimenea, una mesa o una granja de pollos? En el fondo, es eso lo que interesa aquí.

Película y a dormir. Mañana, a las 9 toca seguir bajando tablones, esta vez para la granja, así que será sobre las 9:30 ó 10 (como mínimo)… Aprendemos los vicios mas malos de la gente autóctona cuando viajamos. Espero no caerme en ningún otro agujero. Espero, eso sí, poder controlar un poco más la altura. Buenas noches.

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Primeros trabajos en Guayama Grande

Amarrando borregos Me despierto el primero, convirtiéndose ya en costumbre. Me duele la cabeza. Tengo resaca. Pongo agua a hervir, para prepararme un café y me pongo a leer la maravillosa guía de Lonely Planet sobre Ecuador de Iñaki. Es una guía utilísima que llevan todos los turistas, menos yo, claro, y leo claramente que no es aconsejable beber este aguardiente de caña porque provoca unas resacas impresionantes. ¡Tendría que haberlo leído ayer, maldita sea! Mis compañeros siguen durmiendo. Yo sigo embebido en la lectura. Cuando, finalmente, nos despertamos, los tres coincidimos en una cosa: ¡menuda resaca! Aparecen las falsas promesas del “nunca más”. Sólo se nos ocurre a nosotros beber cosas raras…

Por la mañana vienen los críos a buscarnos. Es quizás lo más duro del trabajo de campo, porque los condenados vienen todas las mañanas a despertarnos y a levantarnos… Y, encima, hoy vienen con trabajo para nosotros: hay que amarrar borregos.

Paso número 1: Atar unas cuerdas a una de las patas de cada borrego.

Paso número 2: Abrir la puerta de la pequeña cerca y ver cómo salen corriendo 6 ovejas.

Amarrando borregos Paso número 3: Subir a la montaña. Es algo difícil debido sobre todo a la cantidad de tabaco que fumamos los tres voluntarios y a los casi 4.000 metros de altura, que se notan muchísimo.

Paso número 4: Correr detrás de los borregos para atraparlos. También es difícil porque las ovejas están en su terreno. Nosotros, no.

Paso número 5: Atar el otro extremo de las cuerdas a unos palos clavados en la tierra.

Paso número 6: Sonreír y respirar.

Finalmente, dejamos a las ovejas atadas y volvemos a casa. Eso es todo lo productivo que hemos hecho en este día. Después de comer, siesta, y, después, películas, películas y películas…

Viendo películas Porque nos pasamos toda la tarde viendo películas, y van apareciendo niños y niños que se quedan a verlas. Cada vez hay más; no sé de dónde salen… Hay un montón de críos que nos van quitando el sitio a culazos en el sofá/cama de Cédric.

A última hora aparece Segundo. Mañana empezaremos a construir la granja de pollos. Se lleva a los críos. Al saco.

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