Llegamos a Guayama Grande
Me levanto sobre las 6:30. Ya no podía estar más tiempo dando vueltas en la cama. No soy de los que duermen más de 7-8 horas. Escribo un poco y bajo a desayunar. Mis compañeros todavía duermen. Huevos revueltos, jugo, y un poco de pan con mermelada y mantequilla. Y el café. Bajan mis compañeros. Habíamos decidido levantarnos sobre las 8… son las 10. Nos acostumbramos rápido al horario ecuatoriano. Desayunamos todos y a comprar. Hay mercado, así que compramos fruta y verdura. Intento cambiar 50 dólares en un banco y me dicen que no… Seguimos con las compras: serruchos, machetes, bombillas, cable, clavos… Parece que vamos a la guerra.
Encuentro un banco que sí me cambian el dinero. Parece ser que hay muchos billetes de 50 dólares falsos, aunque yo creo que es simplemente el miedo a que sean falsos, y los comerciantes no aceptan esas cantidades. Necesitamos 2 taxis para transportarnos a la Terminal de Latacunga, debido a lo cargados que vamos. El autobús, de la compañía Iliniza, es algo cutre (¿algo?), y las maletas van encima, al aire libre. Me da la impresión que en cualquier bache saltarán. Todo mi viaje me lo paso preocupado por la mochila.
Viaje en una caja de cerillas. El autobús está completamente lleno, mis piernas no pueden ni moverse y viajo con un serrucho en la espalda. Los caminos son cada vez más malos, hasta que deja de haber caminos… Empieza la verdadera aventura.
En los autobuses, primero te subes y luego ya pasará alguien a cobrarte (el llamado cobrador u oficial). El viaje cuesta 2 dólares, pero el cobrador quiere cobrarnos 3,5 dólares. Es bastante habitual en Ecuador intentar cobrar de más a los gringos (todos los que no somos sudamericanos somos gringos), más o menos como muchos comerciantes españoles a los guiris… Después de 5 eternas horas llegamos a Guayama, y empieza el surrealismo. Los carreteros están muy mal y esa es la excusa suficiente como para no llevarnos hasta la comunidad. Nos deja tirados en medio del camino.
Con nosotros se quedan varios miembros de la comunidad y un cantautor evangelista. Parece que hay una fiesta religiosa evangélica en Guayama Grande (y dura 3 días). Discutimos con el conductor, pero no nos lleva hasta la comunidad, aunque la vemos desde la altura (desde la loma). Alguien llama a un camión (un carro), para que venga a buscarnos.
Llegamos a Guayama Grande, mi casa en los próximos meses y empieza una de las cosas más difíciles de describir. Aparece un chaval de unos 4-5 años, corriendo hacia nosotros. Grita. Sonríe. Nos abraza. Es Lucio, nuestro joven vecino. Luego llega Renán, hijo de Segundo. Misma situación que Lucio. Y más tarde llegan 2 niñas, Aída e Irene. Nos gritan “amigo, amigo” (sólo dicen eso) y no dejan de abrazarnos. También nos ayudan a llevar las mochilas y las bolsas. No me imagino a los niños españoles corriendo para abrazar a un desconocido. Debo añadir que una perrita se comporta casi igual que estos niños. Es Rufa.
Y en casa. La casa está mucho mejor de lo que me imagino. Nos repartimos las habitaciones y nos acomodamos. Ha llovido durante el viaje a la comunidad, así que, como la mochila viajaba de techo, tengo gran parte de la ropa mojada. Cédric la tiene toda. En la comunidad se está celebrando una fiesta –religiosa- y decidimos montarnos una también -atea. Vamos a una de las dos pequeñas tiendas de la comunidad y compramos aguardiente de caña de azúcar. Gran error. Es un alcohol realmente malo, malo, y muy fuerte. No entiendo cómo pueden beberse eso. Regresamos a casa y, junto al vecino, empezamos a tomar. No bebemos demasiado, eso sí. No porque no queramos, sino porque eso está imbebible.
Sobre las 2 de la mañana se nos ocurre la genial idea de que podríamos construirle una chimenea al vecino… Vamos a su casa y, sobre papel, ideamos una chimenea. Nunca acabará construyéndose.
Y al saco. Buenas noches desde el otro lado del Atlántico.

Parece ser que la noche anterior, Iñaki había conocido a un suizo que decidió venirse con nosotros a Guayama Grande. Hacemos las presentaciones de rigor, nos reímos un poco, cogemos un taxi y nos dirigimos a la Terminal terrestre de Quito, para coger un autobús hacia Latacunga. Un navarro, Iñaki, un suizo, Cédric, y un catalán, Xavi, se ponen en marcha, a compartir penas y alegrías. Parecemos un buen equipo.
Tendríamos que haber salido a comprar todo el material necesario por la tarde pero, entre cerveza y cerveza, y más tarde el hambre, salimos a cenar. Filetmignon… en una parrillada española (o por lo menos eso dice en el cartel del restaurante). Exquisito. Este delicioso manjar se convertirá en algo importante en el futuro. Y más cervezas. Repito que esto del voluntariado no parece tan duro…
A la vuelta, a probar dos cosas fundamentales de la cultura del país: fritada y cerveza. La fritada no deja de ser cerdo cortado a cachos y pasados por la sartén. El plato se acompaña de maíz y plátano frito (realmente no es plátano, es algo parecido –cuyo nombre no quiero acordarme-, aunque os puedo asegurar que parece un plátano y sabe a plátano). Una delicia. Y resulta más delicia aún si puede saborearse con una cerveza. Una Pilsener, en principio normal, pero con una gran característica: su tamaño. En Ecuador las cervezas son enormes (y tiradas de precio, claro), ideal para tomarse sólo una (los ecuatorianos no beben, toman).
Salida a hacer de turista por Quito. Visito el centro histórico, donde todo es de estilo colonial. Observo que allí, cualquier cosa se hace por dinero. Hasta lo más absurdo, como preguntar adónde se va a x lugar, puede llegar a pagarse. Sólo unos centavos, claro. Hay que confiar más en los mapas y en la aventura. De todas formas, la verdad es que es todo muy barato. Visita al arzobispado y sedes oficiales varias de la municipalidad. Me da la impresión de estar en una película. Los numerosísimos taxis son amarillos. Hay muy pocos turistas, muy pocos gringos. Parece ser que el turismo de verdad suele realizarse los fines de semana. Mejor, más tranquilo.
Segunda hora: Ya empiezo a estar cansado de no hacer nada. Pongo en la mesa mi libro de sudokus. Me entretengo un poco pero me gusta más mirar a la gente. Tengo sueño.
Primera hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. ¿Cómo será todo eso del voluntariado? ¿Cómo será Guayama Grande?
Décima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Vaya, se me ha olvidado en casa el adaptador inalámbrico wireless. No sé si lo utilizaré.
Una de las cosas que he aprendido al viajar unas cuantas horas en bus es la de situarme en los asientos finales, para estirarme completamente y poder hacer un intento de dormirme. Ahora esto es mucho más fácil debido a que cada vez hay menos gente que viaje en autobús. He conseguido mi objetivo hasta llegar a Zaragoza. Allí he bajado a fumarme un cigarrillo. Grave error. Parece ser que un chaval, que ha subido en mi deseada Zaragoza, ha tenido la misma idea que yo. Al final nos hemos quedado los dos en los asientos finales, cada uno en un extremo, sin podernos estirar, y manteniendo una guerra mental. Yo le intentaba transmitir eso de "en los asientos delanteros estarás mejor", pero nada de nada. Era un duro rival. Al final hemos hecho la segunda mitad del viaje sentados, ambos con cara de tontos, claro. No he conseguido dormir.
