Llegamos a Guayama Grande

En Guayama Me levanto sobre las 6:30. Ya no podía estar más tiempo dando vueltas en la cama. No soy de los que duermen más de 7-8 horas. Escribo un poco y bajo a desayunar. Mis compañeros todavía duermen. Huevos revueltos, jugo, y un poco de pan con mermelada y mantequilla. Y el café. Bajan mis compañeros. Habíamos decidido levantarnos sobre las 8… son las 10. Nos acostumbramos rápido al horario ecuatoriano. Desayunamos todos y a comprar. Hay mercado, así que compramos fruta y verdura. Intento cambiar 50 dólares en un banco y me dicen que no… Seguimos con las compras: serruchos, machetes, bombillas, cable, clavos… Parece que vamos a la guerra.

El Iliniza Encuentro un banco que sí me cambian el dinero. Parece ser que hay muchos billetes de 50 dólares falsos, aunque yo creo que es simplemente el miedo a que sean falsos, y los comerciantes no aceptan esas cantidades. Necesitamos 2 taxis para transportarnos a la Terminal de Latacunga, debido a lo cargados que vamos. El autobús, de la compañía Iliniza, es algo cutre (¿algo?), y las maletas van encima, al aire libre. Me da la impresión que en cualquier bache saltarán. Todo mi viaje me lo paso preocupado por la mochila.

Viaje en una caja de cerillas. El autobús está completamente lleno, mis piernas no pueden ni moverse y viajo con un serrucho en la espalda. Los caminos son cada vez más malos, hasta que deja de haber caminos… Empieza la verdadera aventura.

En los autobuses, primero te subes y luego ya pasará alguien a cobrarte (el llamado cobrador u oficial). El viaje cuesta 2 dólares, pero el cobrador quiere cobrarnos 3,5 dólares. Es bastante habitual en Ecuador intentar cobrar de más a los gringos (todos los que no somos sudamericanos somos gringos), más o menos como muchos comerciantes españoles a los guiris… Después de 5 eternas horas llegamos a Guayama, y empieza el surrealismo. Los carreteros están muy mal y esa es la excusa suficiente como para no llevarnos hasta la comunidad. Nos deja tirados en medio del camino. Guayama Grande Con nosotros se quedan varios miembros de la comunidad y un cantautor evangelista. Parece que hay una fiesta religiosa evangélica en Guayama Grande (y dura 3 días). Discutimos con el conductor, pero no nos lleva hasta la comunidad, aunque la vemos desde la altura (desde la loma). Alguien llama a un camión (un carro), para que venga a buscarnos.

Llegamos a Guayama Grande, mi casa en los próximos meses y empieza una de las cosas más difíciles de describir. Aparece un chaval de unos 4-5 años, corriendo hacia nosotros. Grita. Sonríe. Nos abraza. Es Lucio, nuestro joven vecino. Luego llega Renán, hijo de Segundo. Misma situación que Lucio. Y más tarde llegan 2 niñas, Aída e Irene. Nos gritan “amigo, amigo” (sólo dicen eso) y no dejan de abrazarnos. También nos ayudan a llevar las mochilas y las bolsas. No me imagino a los niños españoles corriendo para abrazar a un desconocido. Debo añadir que una perrita se comporta casi igual que estos niños. Es Rufa.

La casa de voluntarios Y en casa. La casa está mucho mejor de lo que me imagino. Nos repartimos las habitaciones y nos acomodamos. Ha llovido durante el viaje a la comunidad, así que, como la mochila viajaba de techo, tengo gran parte de la ropa mojada. Cédric la tiene toda. En la comunidad se está celebrando una fiesta –religiosa- y decidimos montarnos una también -atea. Vamos a una de las dos pequeñas tiendas de la comunidad y compramos aguardiente de caña de azúcar. Gran error. Es un alcohol realmente malo, malo, y muy fuerte. No entiendo cómo pueden beberse eso. Regresamos a casa y, junto al vecino, empezamos a tomar. No bebemos demasiado, eso sí. No porque no queramos, sino porque eso está imbebible.

Sobre las 2 de la mañana se nos ocurre la genial idea de que podríamos construirle una chimenea al vecino… Vamos a su casa y, sobre papel, ideamos una chimenea. Nunca acabará construyéndose.

Y al saco. Buenas noches desde el otro lado del Atlántico.

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A Latacunga, último bastión civilizado…

Latacunga

De nuevo, y para variar, me he despertado sobre las 4 de la mañana (hora local). Mi cuerpo aún no se acostumbra a estos nuevos horarios. Maldito jet-lag…

Me despido de Paola, mi anfitriona, cojo un taxi –conversación sobre el tráfico- y me dirijo a la zona de Mariscal, donde está la fundación, para quedar con Iñaki, el voluntario que ya está trabajando en Guayama. Pese a llegar tarde, maldito tráfico, soy el primero en llegar. Aún no me acostumbro a los nuevos horarios, pero sí a la puntualidad ecuatoriana.

Los voluntarios Parece ser que la noche anterior, Iñaki había conocido a un suizo que decidió venirse con nosotros a Guayama Grande. Hacemos las presentaciones de rigor, nos reímos un poco, cogemos un taxi y nos dirigimos a la Terminal terrestre de Quito, para coger un autobús hacia Latacunga. Un navarro, Iñaki, un suizo, Cédric, y un catalán, Xavi, se ponen en marcha, a compartir penas y alegrías. Parecemos un buen equipo.

Las primeras impresiones sobre mis compañeros son muy positivas. Me da la impresión que voy a pasármelo muy bien con ellos, además del hecho significativo que somos europeos, es decir, con una cultura y una visión del mundo parecida. La verdad es que nos reímos mucho.

Me sorprende la negociación de Iñaki con el taxista en relación al precio de la carrera. Da la impresión de que se están peleando. Hace muy poco que estoy en Ecuador, así que aún no estoy acostumbrado a estas maneras de regatear para establecer los precios. Ya aprenderé y me acostumbraré, seguro.

El autobús no está nada mal, la verdad, e incluso ponen dos películas seguidas del Van Damme, para no aburrirnos. De vez en cuando, en alguna parada, sube un ejército de comerciantes que vende bebidas, fritadas, secos, chochos… También sube otro tipo de comerciantes que venden dvs (léase dividís) llenos de películas y música, por sólo 1.5 dólares. Cédric compra un dividí del maestro Vicente Fernández. Será un personaje importante en nuestro voluntariado.

Bajamos en Latacunga. Es una ciudad mucho más pequeña que Quito (aunque de más de 100.000 habitantes) y, por usar una palabra vulgar, es más pueblerina que la capital. Se ven muchos más indígenas que en Quito y, al principio, me da la sensación de estar completamente perdido. Lo más destacable de esta ciudad es su mercado. Cientos de comerciantes se establecen en las paraditas del mercado para vender sus productos, desde todas las razas de plátanos conocidas hasta bolsos y almuerzos. Nos dirigimos al Hostal Café Tiana en donde, además de dormir y las cosas que suelen hacerse en un hostal, hemos quedado con el coordinador del proyecto en Guayama. Son 8 dólares la noche, en habitación compartida. Es un hostal muy bonito, la verdad, de estilo colonial. Una sopa y una cerveza de las grandes, mientras esperamos al coordinador, Jorge. Llega tarde, por supuesto –hora ecuatoriana-, y conversamos sobre el proyecto.

Como, según dice, los bancos están cerrados, Iñaki le presta 15$. Probablemente los invierta en cerveza.

De 13 a 14, siesta. Hay costumbres que no deben perderse. Posteriormente, nos sentamos los tres héroes en unos bufs en medio del pasillo. Como hay que concretar los detalles del proyecto, empezamos a beber cervezas. Se nos da bastante bien. No se puede esperar nada bueno de un medio-vasco, de un suizo y de un catalán. El trabajo de voluntariado no parece tan duro…

Entre cerveza y cerveza, llega Segundo, hermano de Jorge y antiguo coordinador del proyecto. Llueve. Con Segundo concretamos precios de cemento, bloques, etc. para la granja de pollos que vamos a construir porque la granja es ahora el proyecto. Charlamos de lo que necesitamos y lo que necesitamos aún más, y se inicia un diálogo de besugos acerca de cuánto es un quintal. Hablamos cómodamente de quintales, pero ninguno de los cuatro tiene alguna ligera idea de lo que es. Lo descubriríamos días más tarde.

Filetmignon Tendríamos que haber salido a comprar todo el material necesario por la tarde pero, entre cerveza y cerveza, y más tarde el hambre, salimos a cenar. Filetmignon… en una parrillada española (o por lo menos eso dice en el cartel del restaurante). Exquisito. Este delicioso manjar se convertirá en algo importante en el futuro. Y más cervezas. Repito que esto del voluntariado no parece tan duro…

Hay un apagón generalizado. Todo Latacunga se queda a oscuras durante unas horas y la cena se produce entre románticas velas. Me llama Paola, mi anfitriona en Quito, y me explica que en Quito están también sin luz. Parece ser que una avioneta ha caído justo en una centralita eléctrica.

Volvemos al hostal. En la habitación pongo un poco de música, vemos unas fotos y, sobre las 22 horas, todos a dormir. En Ecuador todo el mundo se acuesta muy pronto, desde un punto de vista etic. Mañana a Guayama Grande. Empezará lo realmente duro. Antes, en Latacunga, tendremos que comprar el material. Y unas cervezas.

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La Mitad del Mundo

Mitad del Mundo

Es cierto que Ecuador no es demasiado famoso en el mundo y, además, todo el mundo sabe –si sabe de la existencia de este país- que es muy pequeño. Los ecuatorianos tratan de ubicarse en el mundo. Y lo intentan todo para ser algo… empezando por el fútbol. “No sé quién jugador ecuatoriano ha fichado por el Real Madrid”, es un gran motivo de orgullo y satisfacción, e intentan vender de esta manera el país. De las primeras cosas que os enseñarán los quiteños, será el estadio de fútbol, seguro. Pero Ecuador tiene una cosa que España, por ejemplo, no tiene: el ecuador, valga la redundancia, la latitud cero.

Hoy he estado en la Mitad del Mundo –una especie de parque de atracciones con sólo una línea en el suelo y muchas tiendas- para hacerme la clásica fotografía de una pierna en el norte y una pierna en el sur (mi culo no estaba, entonces, ni en un lado ni en el otro). En el siglo XVIII parece ser que se demostró que el ecuador terrestre pasaba por justo por ahí, aunque hay leyendas que dicen que realmente se equivocaron por 240 metros (no tengo ninguna intención de coger el metro y ponerme a medir). Para ayudar a los turistas a hacernos nuestras fotografías es muy útil la línea pintada en el suelo. Es curioso pensar que esa línea no es sólo una marca en el suelo.

Desde los tiempos de colegio nos señalaban las diferencias entre el norte y el sur. Eran diferencias económicas, culturales, sociales. Básicamente se resumía en que el norte es rico y el sur, pobre. Y una simple línea rojiza en el suelo marca esas diferencias.

El pueblo -porque es un pueblo (previo pago de 2$)- es inventado, construido para sacarles unos dólares a los incautos turistas en sus numerosísimas tiendas. Sólo hay una latitud 0, pero muchas tiendas para comprar suvenires que nunca se van a usar. En principio, allí llegan productos manufacturados de todas las diferentes culturas ecuatorianas. A la hora de la verdad, aquello parece un mercado de navidad. Eso sí, es muy agradable en cuanto al colorido, la variedad de productos y la cantidad de pabellones que hay, incluyendo un planetario. Es ideal para ir con la familia, hacerse unas fotos, comer en cualquiera de los diferentes restaurantes que hay, jugar con los niños y, en definitiva, pasar un buen fin de semana.

Fritada A la vuelta, a probar dos cosas fundamentales de la cultura del país: fritada y cerveza. La fritada no deja de ser cerdo cortado a cachos y pasados por la sartén. El plato se acompaña de maíz y plátano frito (realmente no es plátano, es algo parecido –cuyo nombre no quiero acordarme-, aunque os puedo asegurar que parece un plátano y sabe a plátano). Una delicia. Y resulta más delicia aún si puede saborearse con una cerveza. Una Pilsener, en principio normal, pero con una gran característica: su tamaño. En Ecuador las cervezas son enormes (y tiradas de precio, claro), ideal para tomarse sólo una (los ecuatorianos no beben, toman).

Alrededor de la Mitad del Mundo hay varios pueblecitos. Son pueblos realmente muy tranquilos, de esos en los que no pasa nada –salvo cuando hay terremotos y erupciones volcánicas-, y muy devotos. Todos tienen pequeñas iglesias, pero con una carga religiosa muy marcada. En un pueblo, parece ser que apareció un árbol con forma de virgen María ¿?. Dejaron allí el árbol y plantaron a su alrededor una iglesia entera. En otro pueblo, parece ser que apareció un niño que hacía milagros. Afortunadamente, no disecaron al niño e hicieron la iglesia a su alrededor. En esta última iglesia, estaban celebrando misa. El cura cantaba la primera parte de una canción. Los feligreses, la segunda. Los niños no cantaban, sólo corrían por allí en medio. Se me ocurre una película dirigida por Tarantino…

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Estoy vivo, creo

Después de una jartá de horas (unas 29 horas), he llegado finalmente a Quito. La primera impresión es la del aeropuerto: ¡está en todo el medio de la ciudad! Me he alojado con una familia quiteña muy agradable y, parece ser que hoy mismo me iré hacia Guayama Grande, aunque tengo ganas de quedarme en Quito al menos un día más.

Sufro jet-lag, mal de altura y alteración estomacal. O sea, casi todo lo posible. He comido guayabas y cosas raras con queso y he bebido unos jugos (unos cuantos), he visitado el centro de Quito y, además de eso, estoy bastante bien y muy contento de mi elección.

La población quiteña es asquerosamente educada, al menos en el habla. Todo el mundo se trata de usted y se emplean continuamente muletillas del tipo "muy agradecido", "páselo usted bien" y el sempiterno "ya, ya" (con el que no acabas de saber si te dicen que sí o si te dicen que no).

Información práctica: pese a que en yoigo me confirmaron que en Ecuador tenían servicio de roaming, NO lo hay, así que me he comprado un móvil. No hace falta que me enviés mensajes. Hasta finales de marzo no los voy a leer.

Hoy no esperaba conectarme a Internet, así que no tengo los papeles de mis notas. Ya los iré escribiendo por aquí cuando lo tenga previsto.

A ver si no me pierdo en mi viaje a Guayama. ¡Ánimo!

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Mi primer 3.000

El Panecillo Salida a hacer de turista por Quito. Visito el centro histórico, donde todo es de estilo colonial. Observo que allí, cualquier cosa se hace por dinero. Hasta lo más absurdo, como preguntar adónde se va a x lugar, puede llegar a pagarse. Sólo unos centavos, claro. Hay que confiar más en los mapas y en la aventura. De todas formas, la verdad es que es todo muy barato. Visita al arzobispado y sedes oficiales varias de la municipalidad. Me da la impresión de estar en una película. Los numerosísimos taxis son amarillos. Hay muy pocos turistas, muy pocos gringos. Parece ser que el turismo de verdad suele realizarse los fines de semana. Mejor, más tranquilo.

Me resulta muy curioso que todos los quiteños me informen de que debo tener cuidado con los cacos, que parece ser que se producen muchos robos y, sobre todo, a turistas. También me alertan del peligro de los taxistas, que suelen cobrar de más a los extranjeros. Como consejo, me avisan que debo vigilar que siempre pongan en marcha el taxímetro.

Ya conocemos la devoción católica de los ecuatorianos. Parece ser que conquistadores y misioneros hicieron buen su trabajo. Estos ahora no necesitan edificar ninguna escultura, ya lo hacen los propios ecuatorianos.

Una de las cosas importantes que hay que saber de Quito es que está completamente rodeada de montaña. Quito se va construyendo -porque sigue creciendo- a lo largo del valle que van dejando esas montañas, con el volcán Pichincha a la cabeza, y el resultado es una ciudad larga, muy larga, y relativamente de poca anchura.

Pero claro, aparece una montaña justo en medio de Quito. Intentan botarla pero es quizás demasiado atrevido. ¿Qué hacer con las montañas tercas? Claro que sí, hay que poner una cruz enorme o una escultura religiosa enorme.

En esta montaña, el Panecillo, se llega a los 3.000 metros -¡mi primer 3.000!- y se observan las inclemencias azarosas meteorológicas. La escultura religiosa que aparece justo encima de la montaña es la Virgen, y, como hace poco que ha pasado Navidad, todavía aparecen dos reyes magos adorando a la Virgen. Todo está hecho a escala monumental. Cuanto más grande sea la imagen, antes llegaremos al cielo…

Allí también hay unas cuantas tiendas con productos típicos (y en los quioscos venden alka-seltzers). Lo más destacado, además de la grandiosa figura, es que puede verse los dos Quitos (norte y sur). Y siempre resulta una gratificación poder hacer algunas fotos desde las alturas.

Como curiosidad, parece ser que la montaña tiene forma de panecillo (sí, pan pequeño), aunque yo no he tenido narices de verlo, así que ese es el nombre que se ha quedado.

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Jet-lag, mal de altura y alteración estomacal

Quito

Anoche llegué a Quito sobre las 21 horas. Me fui a dormir sobre las 22 (4 de la mañana en España). Y no podría ser de otra manera: a las 2 de la noche me despierto (son las 8 de la mañana en España). No consigo dormir más. Sólo doy vueltas y más vueltas.

En tres días he dormido poco más de 4 horas. Me levanto a las 7:30 para desayunar, ducharme e irme a la Fundación, a que me informen de lo que sea porque no tengo nada claro. Noto los casi 3.000 metros de altura de Quito: no tengo ganas de fumar. Como tengo fuerza de voluntad, consigo seguir fumando y no aprovechar la altura para dejarlo.

Afortunadamente me acompaña Paola a coger el autobús. Se trata de la eco-vía, un carril especial, en medio de la larga avenida 6 de diciembre, en el que sólo circulan estos autobuses. Es como el metro. Pasan aproximadamente cada 10 minutos. Es una buena idea, pero no tanto como la de ir cientos de personas en él al mismo tiempo. Es imposible tener frío.

En la Fundación hablo con Anita, con Mary y con Francisco. Me informan un poco sobre mi trabajo, sobre la situación de las comunidades y el conflicto minero. Interesante, la verdad. Ellos me colocan en un lugar, perdido en el mapa, y creo que, con sus indicaciones, mi única tarea es la de sobrevivir. Me da la sensación que estaré en un reality show… Creo que pretenden darme miedo, pero sé muy bien que necesito verlo todo con mis propios ojos.

Vuelta a casa y a comer un poco.

Tengo el estómago algo alterado. Me imagino que el cambio en la alimentación me ha alterado un poco. Lo suficiente como para sentirme demasiado hinchado y con gases. Cada uno hace lo que buenamente puede. Yo voy soltando gases…

Un poco de turismo por Quito. Sobre las 17 horas (las 23 en España) me entra mucho sueño, aunque intento aguantar. Espero dormir toda la noche. Son las 21:15. Buenas noches desde el otro lado del Atlántico.

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Llegada a Quito

Después de tantas y tantas horas en el avión, en el que no he podido dormir absolutamente nada, llego al aeropuerto de Quito, 10 minutos antes de lo previsto. Esto sorprende incluso a los propios quiteños, tan acostumbrados a la escasez de puntualidad.

Control de pasaportes y aduana. Nada memorable. En el avión hemos rellenado unos documentos que debemos entregarlos en inmigración al llegar a Ecuador pero, a la hora de la verdad, uno entrega el documento a lo que parece un policía ¡y ni se lo lee! En Ecuador no les gusta perder el tiempo inútilmente así que ¿para qué van a molestarse en leer un documento que probablemente va a ser falso?

Ya sabemos que soy muy tradicional en esa norma que se utiliza cuando no se sabe adónde ir: sigo a la gente. Hay una multitud de personas esperando a sus familiares y amigos. Yo sólo necesito encontrar un cartel con mi nombre. Lo encuentro, finalmente, en la calle.

Allí está mi nombre en una cartulina que acompaña a un señor -Vinicio, creo- y allí que me voy. No sé quién es ni si pertenece a la Fundación Ecuador Volunteer –con quien trabajaré- ni nada de nada. ¿Y si sólo es un señor que le ha robado el cartel a otro y sólo quiere secuestrarme? Me presento y le digo, muy cortésmente, que lo primero es lo primero.

Me fumo un cigarro.

Al finalizar, me subo en el carro. Le acompaña su esposa y sólo le doy dos besos después de preguntarle si en Ecuador se dan dos besos. Me llevan a mi nuevo y temporal alojamiento, a través de unas calles grandes y largas y largas y largas. Me fijo en que el aeropuerto está justo en medio de la ciudad.

Al llegar a mi nuevo hogar temporal me esperan Paola, mi anfitriona, y su hijo Martín. Lo primero que me llama la atención es la guitarra del Guitar Hero en el sofá. Creo que me llevaré bien con esta familia, o al menos con sus hijos. Un plátano y a la cama. Llevo prácticamente 2 días sin dormir.

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El viaje (II)

Primera hora: Me fumo un cigarro. Llego a la T4 y doy vueltas por el aeropuerto. Me siento en uno de los asientos de la cafetería. Están empezado a abrirla. Miro a la gente. La gente me mira a mí.

Esperando... Segunda hora: Ya empiezo a estar cansado de no hacer nada. Pongo en la mesa mi libro de sudokus. Me entretengo un poco pero me gusta más mirar a la gente. Tengo sueño.

Tercera hora: Desayuno en la zona habilitada para fumadores y me fumo unos cuantos cigarros.

Cuarta hora: Exploración de la T4 de Barajas. Veo que abren el check-in y hago la facturación.

Quinta hora: Ahora la ausencia de los 13,5 quilos en la espalda me permiten explorar aún más el aeropuerto. Me voy hasta la T2.

Sexta hora: Hace un frío del carajo. Esta mañana, cuando llegué al aeropuerto estábamos a –6º, ahora no es tanto pero se nota.

Séptima hora: Me fumo los últimos cigarros en España, llamo a familiares y amig@s para despedirme y subo al embarque.

Octava hora: Subimos, menos mal, al avión. No sé si ahora empieza lo peor, que son 13 horas de viaje.

En el avión.

En el avión Primera hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. ¿Cómo será todo eso del voluntariado? ¿Cómo será Guayama Grande?

Segunda hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Me pongo los cascos, a ver si la música me amansa.

Tercera hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro.

Cuarta hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Esto es un verdadero suplicio.

Quinta hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. El vecino es un árabe irlandés. Va a Quito a ver a su novia ¡por primera vez!

Sexta hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Qué rara es la tipografía árabe, y más si se observa desde el rabillo del ojo.

Séptima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Instintos suicidas.

Octava hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Cambio de hora en el reloj. Me hago un lío.

Novena hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. ¿Por qué no nos caemos al mar y le doy una alegría a mi madre, por el seguro? Además, me mantendría ocupado.

En el aviónDécima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Vaya, se me ha olvidado en casa el adaptador inalámbrico wireless. No sé si lo utilizaré.

Undécima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. 3.469.317 elefantes se balanceaban en una tela de araña…

Duodécima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Coño, cuántas horas seguidas de sol… ¿Dónde están las estrellas? Después de 22 horas ya podría anochecer de una vez…

Decimotercia hora: ¡Por fin! ¡Llegamos a Quito! Lo primero que hago, al salir del aeropuerto, es fumarme un cigarro.

Historia cíclica.

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El viaje (I)

Me hubiera encantado que hubiera sucedido algo importante en mi viaje hacia Madrid y, por eso, cuando el autobús se ha parado en medio de la autopista, he hecho el gesto, casi instintivo, de sacar la cámara, el papel y el bolígrafo. Pero nada a destacar. Se ha bajado el conductor, se ha escuchado un "clonc", ha vuelto a subir, ha arrancado el autobús y hemos proseguido nuestro viaje.

En el autobús Una de las cosas que he aprendido al viajar unas cuantas horas en bus es la de situarme en los asientos finales, para estirarme completamente y poder hacer un intento de dormirme. Ahora esto es mucho más fácil debido a que cada vez hay menos gente que viaje en autobús. He conseguido mi objetivo hasta llegar a Zaragoza. Allí he bajado a fumarme un cigarrillo. Grave error. Parece ser que un chaval, que ha subido en mi deseada Zaragoza, ha tenido la misma idea que yo. Al final nos hemos quedado los dos en los asientos finales, cada uno en un extremo, sin podernos estirar, y manteniendo una guerra mental. Yo le intentaba transmitir eso de "en los asientos delanteros estarás mejor", pero nada de nada. Era un duro rival. Al final hemos hecho la segunda mitad del viaje sentados, ambos con cara de tontos, claro. No he conseguido dormir.

Al bajar en la T4 de Barajas he ido directo al baño. El autobús tenía uno, per es que a mí esos mini-lavabos me dan mucho miedo. He usado la táctica del "me aguanto" y ha funcionado. Son las 6:15.

En la T4 le he preguntado a un guardia de seguridad si la T1 estaba muy lejos para ir andando. Debe haberme visto con pinta de pueblerino: se me ha puesto a reír… De todas formas me ha informado, muy amable, que podía ir en metro o en bus gratuito del aeropuerto. Y ha empezado a hablar del metro, incluso cuando ha aparecido una sonrisa en mis labios cuando he escuchado la palabra "gratuito"… ¡que soy catalán, home!

Una vueltecita en bus en la que he observado las caras de la gente que no sabe adónde la llevan -no como yo- y nos hemos plantado en la T1. Por cuestiones de cortesía, por supuesto, que soy muy educado, he dejado que el resto del pasaje bajara primero. Les he seguido, aún sabiendo -por supuesto- dónde iba yo.

En la terminal he ido de un lado a otro hasta que, a las 9:30, han abierto el check-in. 13,5 Kg de mochila. No está mal. En función a mi peso corporal: 64 tristes quilos, no tendría que llevar más de 8,3Kg… Me paso sólo un poquitín, y un poquitín más si añadimos la mochila de mano (yo paso de bolsos)…

Tras una breve, pero afable, discusión con la señorita del mostrador (para mí que era señora) acerca de cuál es la mejor posición de la mochila para que no se enganche con nada, la cinta transportadora se ha tragado la mochila, me ha dado el documento de embarque -la invitación a la fiesta- y he pensado que me estaba apuntando su número de teléfono, pero no. Lo que me apuntaba eran las posibles puertas de embarque. Creo que me las ha escrito todas porque reamente no tenía ni idea. Tocará buscar.

Y ahora, tras una enésima llamada de mi madre, que creo necesita un par de tilas, me he tomado un cortado y me he comido un croissant. Los he disfrutado. Quién sabe si no los vuelvo a catar en 3 meses…

5 horas para la salida…

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Mis nueve agujeritos

Tiritas

Los últimos 2 pinchazos han sido una verdadera carnicería… Yo pensaba que serían un par de pinchazos rutinarios, como ya estoy acostumbrado, pero no. Creo que la médica/doctora/enfermera no tenía un buen día y ha pagado sus frustraciones con mis brazos…

Afortunadamente puedo afirmar, con la boca llena, que he sobrevivido a las vacunas.

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