Disfraz de antropólogo
Amanece para mí sobre las 7:30. Rutina de todas las mañanas: a hervir agua y a tomarme el café –indescriptiblemente horrible el de esta mañana. Poco después salgo hacia una de las dos tiendas de la comunidad (la que suele estar un poco más abierta que la otra) a comprar pan (está bien, realmente es para comprar tabaco…).
Veo a los niños en la escuela (¡anda! ¡hay escuela!). Van todos “disfrazados” con una especie de manta/foulard; de color rojo en los niños y de color rosa en las niñas. La escuela es un sencillo edificio de 4 paredes al lado de la cancha de fútbol-baloncesto-ecuavolley.
Me gusta sentirme solo en medio de la comunidad, creo que es la primera vez que me quedo solo.
Al regresar a casa, mis compañeros siguen durmiendo. En teoría, sobre las 7 de la mañana llegaba el bloque para comenzar la construcción de la granja. Hora ecuatoriana, claro. Habrá que dejarlo para otro día.
Charlando con el vecino sobre la manera de poner agua corriente en la casa, aparece Miriam, una chica de 16 años, portando en una carretilla picos y palas. Me dice: “vamos a construir”. Intento escaparme, pensando en alguna excusa que sirva, pero realmente quiero ir a ayudar, a mezclarme entre estas buenas gentes sin Iñaki ni Cédric (ya tendré tiempo de arrepentirme).
Parece ser que no tuve suficiente con el foso del inicio de la construcción de la granja. Ahora hay que hacer lo mismo pero con una dificultad añadida: la futura casa está justo en la ladera de la montaña así que, para que el suelo sea horizontal, hay que cavar y cavar… y cavar… y cavar… El trabajo es duro, la verdad, pero el aire me va llegando mucho mejor a los pulmones. Estamos haciendo una casa para la hermana de la esposa de Eusebio y su futuro marido. Es una minga familiar: la familia se une para construir algo.
Como podréis entender, aquí, en estos parajes, no suele haber grúas ni andamios, así que como las familias y la gente de la comunidad no se ocupe de sus propias construcciones, nadie lo va a hacer. Estamos trabajando 4 hombres y los niños. Las mujeres preparan la comida (casi siempre están preparando comida), aunque cuando están “libres” no tienen reparo ninguno en coger un pico y ponerse a picar, incluso con el wawa (niño pequeño, bebé) amarrado con la chalina en la espalda. Las niñas juegan a llevar ositos en chalinas, en España los llevarían en carritos.
Entre picotada y palada conversamos un poco sobre el kichwa, sobre España y mi vida, sobre la edad, y cosas así. Miriam está muy interesada en saber si estoy casado o no (no quiero imaginarme el porqué). Intentan enseñarme su idioma, algunas palabras (allku, shimi, rinri…), pero parece realmente difícil. ¡Oño, que esta gente sólo usa 3 vocales! (Nota curiosa: ahora entiendo por qué tenían tantos problemas entre la e y la i cuando escribían en español). Lo único interesante que he descubierto hoy del kichwa es que no tiene artículos. Buen logro el de hoy.
Pero eso no es todo. Sobre la una del mediodía se pone a llover de lo lindo y los compañeros de armas me dicen que me quede a comer. Al principio me da un poco de miedo, pero acepto la invitación. A fin de cuentas, es lo que he venido a hacer en Guayama. El comedor es un techo con cuatro postes y se intenta proteger por las mismas paredes de la montaña. Hace frío. Me ofrecen sentarme sobre un cómodo tronco de árbol y me añaden una manta debajo. Me dan un plato de sopa, con papas, y está ardiendo. Me dan otra manta para sujetar el plato, menos mal. Es el día que más lluvia he visto aquí, y no amaina. No me entero nada de nada de lo que hablan, pero para mí que me quieren casar. Sólo intento sonreír, nada más. Plácidamente vamos comiendo hasta que la lluvia va destruyendo la pared… Nos vamos a hundir.
Los hombres nos reunimos en una pequeña construcción, hecha de ladrillo y protegida de la lluvia. Conversamos sobre los estilos de vida europeos y ecuatorianos. Me quedo solo con Eusebio y me da la impresión de que ésta es la mía: conversamos sobre los indígenas andinos ecuatorianos. Las mujeres se suelen casar sobre los 15 años (ahora entiendo lo de Miriam, que se le pasa el arroz) y suelen tener unos 10 hijos… Aunque, eso sí, me comenta que poco a poco ya no se tienen tantos. Aunque más adelante tendré una discusión con Iñaki y con José Luis, en el Hostal Cloud Forest de Chugchilán sobre este tema (todo a su tiempo), yo, como buen MarvinHarrista que soy, tengo que estar de acuerdo con Eusebio. No es porque lo haya visto, ni porque lo haya comprobado; es simplemente un tema de producción. Los maridos intentan ganarse la vida en la gran ciudad, Latacunga, así que la cría de los bebés y el cuidado del campo y de los animales corre a cargo de las mujeres y los hijos un poco más mayores (saber andar es un requisito suficiente para poder empezar a trabajar). El ganado es cada vez menor y los cultivos son menores debido a que las tierras están bastante agotadas. Tener hijos ahora no es tan “rentable”. De todas formas, en mis análisis antropológicos, ya tendré más tiempo para extenderme en esto.
En mitad de la charla nos traen más comida: arroz con papas. No sé si forma parte de la misma comida de dos horas antes, si lo anterior era sólo un vermut o si aquí se come continuamente. Eusebio me dice que hay que ir a Comuna, que hay una reunión con la asociación de mujeres. Le pregunto a que hora es la reunión.
- A las 3.
Son las 4 menos diez.
Finalmente salimos hacia comuna y nos pasamos antes por su casa. Conozco a su mujer, aunque estaba trabajando también en la minga. Sigue lloviendo y me deja un poncho y vamos hacia la reunión. Curiosamente no somos los últimos en llegar (hora ecuatoriana). Me reencuentro con mis compañeros.
El tema del día es proponer una pre-candidata para la junta parroquial de Chugchilán. Al cabo de hora y media empiezan a debatir. Deberíamos también cambiar unos artículos de los estatutos de la Asociación: el que dice que la junta directiva lo forman 9 personas… Es una asociación de mujeres con 10 mujeres y 2 hombres.
Les decimos que el cambio de artículos del estatuto ya lo haremos nosotros por la noche. No lo hacemos. Nos acostumbramos demasiado a la hora ecuatoriana.
Intentamos ver una película y empiezan a aparecer críos por todas partes. No cabemos ni en el sofá. Iñaki se cocina una tortilla de patatas, riquísima, fantástica. Casi como las de mi mamá. Después de la película nos aburrimos. La única solución que se nos ocurre es poner otra película. Cepillado de dientes y a dormir. Mejor dicho, a escuchar escarabajos voladores y ratones.
Hoy ha sido uno de los mejores días en Guayama Grande desde que estoy aquí. He hecho minga, he comido con ellos, me han invitado a sus casas. Realmente esto es lo que quería. Lástima que no cogí la cámara de fotos.
Mañana llegará el bloque, en teoría.

, he tenido la suerte de leer El antropólogo inocente, de Nigel Barley, y Soy hijo de los Evuzok, de Lluís Mallart i Guimerà. Son un par de libros de un par de antropólogos que se perdieron ambos entre tribus camerunesas y, con mucho humor, describieron lo que se encontraron en un mundo que no era el suyo.
Soy muy consciente de que quiero ser muchas cosas y, como no podría ser de otra manera, no soy nada ni de eso ni de lo contrario. Y tampoco soy antropólogo, claro. No obstante, uno de los preceptos de la antropología es la observación participante. Es uno de mis máximos objetivos.