Guayama Grande, el vídeo (por fin)

Un recuerdo, un guiño, una sonrisa, una idea, una obsesión, una liberación y una cadena… Todo y nada.

Por fin ha llegado la producción más costosa de lo que llevo de año. Un film lleno de acción, fantasía y sexo, sobre todo mucho sexo (así veréis el vídeo hasta el final)…

Canguil (palomitas), sofá, pañuelos y a disfrutar.

(Quizás el navegador necesite instalar un plugin, si no lo tenéis actualizado, para poder ver la película. Aceptáis y solucionado)

http://guayama.hastio.com/wp-content/uploads/Guayama3.flv

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Quilotoa

No hace falta decir que soy el primero en levantarme aunque, en esta ocasión, mis compañeros tardan muy poco en levantarse. Llamo al señor Marcelo y me dice que hoy no va a subir el bloque a Guayama, que quizás mañana domingo o el lunes. La progresiva adaptación al horario ecuatoriano hace que piense que la expresión “quizás mañana o pasado mañana” signifique esperar por lo menos una semana.

En el autobús Hacemos las compras de rigor y nos dirigimos a la terminal terrestre. En una acción totalmente improvisada decidimos coger el autobús que nos lleve a Quilotoa. El viaje, junto a sus caminos encharcados y los perros que no paran de ladrar (mira que hay perros en Ecuador…), es más bien un París-Dakar. Me hace mucha gracia la inscripción que hay en el espejo interior: “Si la muerte me sorprende sea bienvenida”. Finalmente, después de unas horas, llegamos a Quilotoa, donde tenemos que pagar 2 dólares para entrar.

Primero buscamos hostal y lo encontramos en el Hostal Cabañas. Es un hostal muy bonito y agradable, aunque es mucho mejor si se va en pareja y no con 2 compañeros más que se pasan todo el día tirándose pedos…

Segundo, comemos.

No veo nada... Lo interesante del volcán Quilotoa (3.845m) es la laguna que se ha formado en su cráter. Su agua es de color verde esmeralda, aunque varía a lo largo del día. Después de comer intentamos verla, pero las condiciones climáticas hacen que no podamos ver absolutamente nada. Tendremos que esperar.

Pues a comprar, claro. Allí cerca hay un pequeño mercado, en plan hippie, donde los indígenas intentan venderte todo lo que se pueda. Lo malo es que entras y todos los comerciantes te hacen sentir culpable de su miseria. Es horrible. Es un acoso para convencerte de que compres. Finalmente, después de la negociación de rigor, nos compramos unas chaquetitas de lana de alpaca.

Quilotoa no es muy grande. Eso sí, tiene unas vistas magníficas y muchos hostales. ¡Incluso tienen un billar! Claro que es un billar sin bola blanca, torcido y con un tapete lleno de agujeros, pero un par de cervezas ayudan a sentirnos un poco más como en Europa.

Quilotoa Y al hostal a por una película. Después, la cena, donde conocemos a nuestros compañeros de cabaña: una pareja metalera de Quito, María –una barcelonesa afincada en Italia, con quien hablo en catalán- y Paolo –el italiano de rigor que siempre debe perseguirme-, y el guía de esta pareja. Tenemos una charla muy agradable.

Después de cenar vemos otra película y a dormir. El guía nos dice que debemos levantarnos sobre las 5 de la mañana para ver el amanecer en la laguna porque es un espectáculo realmente hermoso.

Mi estómago va empeorando.

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Cuerpo limpio, ropa limpia

Seco de polloHemos pasado la noche en el autobús. Por lo menos hay poca gente que se dirige a Latacunga a estas tempestuosas horas y podemos agenciarnos de un par de asientos cada uno. Hace frío. Desde Guayama sólo sale un autobús hacia Latacunga, el de las 3 de la mañana, así que no hay más remedio (más adelante conseguí tener otras opciones). Para variar, no consigo dormir en el autobús.

Al llegar a Latacunga, sobre las 6:30, nos dirigimos directamente al mercado a desayunar. En España estoy acostumbrado a beberme sólo un café para desayunar. Sin embargo, en Ecuador se acostumbra a desayunar en condiciones. Iñaki y yo nos comemos un seco (arroz) de pollo. Poco a poco y estando fuera de Guayama me iré acostumbrando a comer tanto a primeras horas del día.

Hostal Tiana Y hacia el Hostal Café Tiana, nuestro centro de operaciones en Latacunga. Directamente nos metemos en la cama, a dormir un poco. Al despertarme toca ducha. Mejor dicho: ¡La ducha! Sienta de narices eso de estar debajo de agua corriente y, además, caliente. Hay un cartel en el que pone que no nos aprovechemos demasiado del agua caliente… No le hago mucho caso. Sólo el hecho de escuchar a la mujer de la limpieza hace que empiece a secarme. Ha merecido la pena. ¡Cuánto echaba de menos una ducha en condiciones!

Lavandería Comemos sobre las 3 de la tarde: más arroz. Y una cerveza. Salimos a dar una vuelta por Latacunga y, fundamentalmente, a la lavandería. La ciudad no parece demasiado grande, aunque seguro que tiene que serlo mucho más debido a los más de cien mil habitantes que viven aquí. Oscurece y regresamos al hostal, a cenar. En el hostal se come muy y muy bien, la verdad. Nos comemos una lasaña.

Paso algunos momentos de crisis, que se solucionan cuando voy a dormir. Buenas noches.

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Llegamos a Guayama Grande

En Guayama Me levanto sobre las 6:30. Ya no podía estar más tiempo dando vueltas en la cama. No soy de los que duermen más de 7-8 horas. Escribo un poco y bajo a desayunar. Mis compañeros todavía duermen. Huevos revueltos, jugo, y un poco de pan con mermelada y mantequilla. Y el café. Bajan mis compañeros. Habíamos decidido levantarnos sobre las 8… son las 10. Nos acostumbramos rápido al horario ecuatoriano. Desayunamos todos y a comprar. Hay mercado, así que compramos fruta y verdura. Intento cambiar 50 dólares en un banco y me dicen que no… Seguimos con las compras: serruchos, machetes, bombillas, cable, clavos… Parece que vamos a la guerra.

El Iliniza Encuentro un banco que sí me cambian el dinero. Parece ser que hay muchos billetes de 50 dólares falsos, aunque yo creo que es simplemente el miedo a que sean falsos, y los comerciantes no aceptan esas cantidades. Necesitamos 2 taxis para transportarnos a la Terminal de Latacunga, debido a lo cargados que vamos. El autobús, de la compañía Iliniza, es algo cutre (¿algo?), y las maletas van encima, al aire libre. Me da la impresión que en cualquier bache saltarán. Todo mi viaje me lo paso preocupado por la mochila.

Viaje en una caja de cerillas. El autobús está completamente lleno, mis piernas no pueden ni moverse y viajo con un serrucho en la espalda. Los caminos son cada vez más malos, hasta que deja de haber caminos… Empieza la verdadera aventura.

En los autobuses, primero te subes y luego ya pasará alguien a cobrarte (el llamado cobrador u oficial). El viaje cuesta 2 dólares, pero el cobrador quiere cobrarnos 3,5 dólares. Es bastante habitual en Ecuador intentar cobrar de más a los gringos (todos los que no somos sudamericanos somos gringos), más o menos como muchos comerciantes españoles a los guiris… Después de 5 eternas horas llegamos a Guayama, y empieza el surrealismo. Los carreteros están muy mal y esa es la excusa suficiente como para no llevarnos hasta la comunidad. Nos deja tirados en medio del camino. Guayama Grande Con nosotros se quedan varios miembros de la comunidad y un cantautor evangelista. Parece que hay una fiesta religiosa evangélica en Guayama Grande (y dura 3 días). Discutimos con el conductor, pero no nos lleva hasta la comunidad, aunque la vemos desde la altura (desde la loma). Alguien llama a un camión (un carro), para que venga a buscarnos.

Llegamos a Guayama Grande, mi casa en los próximos meses y empieza una de las cosas más difíciles de describir. Aparece un chaval de unos 4-5 años, corriendo hacia nosotros. Grita. Sonríe. Nos abraza. Es Lucio, nuestro joven vecino. Luego llega Renán, hijo de Segundo. Misma situación que Lucio. Y más tarde llegan 2 niñas, Aída e Irene. Nos gritan “amigo, amigo” (sólo dicen eso) y no dejan de abrazarnos. También nos ayudan a llevar las mochilas y las bolsas. No me imagino a los niños españoles corriendo para abrazar a un desconocido. Debo añadir que una perrita se comporta casi igual que estos niños. Es Rufa.

La casa de voluntarios Y en casa. La casa está mucho mejor de lo que me imagino. Nos repartimos las habitaciones y nos acomodamos. Ha llovido durante el viaje a la comunidad, así que, como la mochila viajaba de techo, tengo gran parte de la ropa mojada. Cédric la tiene toda. En la comunidad se está celebrando una fiesta –religiosa- y decidimos montarnos una también -atea. Vamos a una de las dos pequeñas tiendas de la comunidad y compramos aguardiente de caña de azúcar. Gran error. Es un alcohol realmente malo, malo, y muy fuerte. No entiendo cómo pueden beberse eso. Regresamos a casa y, junto al vecino, empezamos a tomar. No bebemos demasiado, eso sí. No porque no queramos, sino porque eso está imbebible.

Sobre las 2 de la mañana se nos ocurre la genial idea de que podríamos construirle una chimenea al vecino… Vamos a su casa y, sobre papel, ideamos una chimenea. Nunca acabará construyéndose.

Y al saco. Buenas noches desde el otro lado del Atlántico.

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