¡Chugchilán, mamá!

Chugchilán, mamá

A ChugchilánIñaki comentó que en Chugchilán colaboraban dos voluntarias italianas. Ya sabemos mi predilección acerca de las italianas (perdón, de las voluntarias italianas), así que hay que conocerlas. Bueno, realmente considero que tiene que haber un vínculo entre todos los voluntarios y cooperantes de la zona, para que otros lleguen donde uno no puede llegar. Chugchilán, además, es la parroquia a la que pertenece Guayama Grande, así que está bien ir a conocer el lugar.

Curiosamente, hoy nos hemos levantado todos bastante pronto y a caminar. El trayecto dura más o menos unas dos horas. Cédric sufre del corazón y hemos tenido que parar bastante a descansar y a tomar aire (Iñaki y yo sólo sufrimos nuestros vicios con el tabaco y la enfermedad de la edad). El paisaje es fantástico, muy hermoso. Las fotos no acaban de mostrar toda esta belleza.

Camino a Chugchilán        Llegamos a Chugchilán sobre las 12 de la mañana y nos dirigimos directamente al hostal Cloud Forest, un edificio que ya presume maneras. No nos decepciona. Comemos un par de hamburguesas (¡carne, carne!), con papas, claro, y observamos que hay 2 francesas en el hostal. Son Lulú y Aurèlie, dos cooperantes que hacen su trabajo en Quito. Se les acaba el voluntariado y están de excursión al Quilotoa. Hablamos y hablamos, jugamos a cartas y a cartas e Iñaki va haciendo mojitos y mojitos…

Un poco más tarde aparece otra chica, es Catarina, una voluntaria alemana destacada en Chugchilán. Aunque no lo sepa en estos momentos, más adelante, Catarina, junto al resto de voluntarias alemanas, se convertirán en mis salvadoras, en mis ángeles –caídas, claro. Catarina me comenta que en la escuela de Chugchilán necesitan a un informático. Interesante. Me lo pienso.

Están locos estos franceses También aparecen 2 franceses: Thierry y Laurent (creo que se llaman así), y las dos compañeras de Catarina.

Seguimos con los mojitos… Esto del voluntariado en el último rincón del mundo no parece tan duro…

Pero nos llega una muy mala noticia. Hace una semana, cuando estábamos en Latacunga, el padre de Cédric tuvo un ataque al corazón. Afortunadamente, le operaron y todo fue muy bien. El teléfono de Cédric vuelve a sonar hoy: su hermano ha fallecido.

Se acaban los mojitos y le hacemos compañía.

Cena en el Cloud Forest Cédric se va animando. Debido a sus problemas de corazón, tiene muchas ganas de vivir, de seguir viajando por Sudamérica. Se ha pasado muchos años encerrado en hospitales y no tiene ganas ni de regresar a ellos ni de acabar prematuramente su viaje para regresar a Suiza. Seguimos bebiendo mojitos.

Todos los huéspedes cenamos al mismo tiempo. Es un clima realmente bonito. Todos riéndonos, haciendo el idiota. Genial.

FieshtaY después de la cena viene lo mejor. José Luis, el jefe del hostal, ha llamado a su hermano y a dos amigos más. Vienen a hacernos un concierto. Como todos ya tenemos algo de alcohol en sangre, ya estamos animados. Se nota. Esta noche bailamos, reímos, tomamos, disfrutamos… Mención especial ha de tener la Canción del Mí que me marqué, canción que, desde entonces, me va a perseguir hasta la tumba.

Es la mejor fiesta en Ecuador, Karaway incluido. Cuando se van todos a dormir, me quedo fuera, relajado, tomando una cerveza. Necesito pensar. Y a dormir.

Finalmente, no había cooperantes italianas… Eran alemanas. Tendré tiempo para conocerlas.

Comments (1)

Conociendo los alrededores

En principio, la tarea de hoy era la de cortar uralita (cuyo nombre allí es algo así como “interné”. No tengo demasiado claro si el nombre es ese, pero se parecía bastante), pero Fabián, el hijo de Segundo y quien nos iba a abrir la casa de su papá, donde estaba el material, estaba desaparecido.

Alrededores de la casa Así que en algo debemos ocuparnos. Damos una vuelta alrededor de la casa de voluntarios, a ver el paisaje. Es un panorama fantástico, con una quebrada realmente hermosa. Todo lo que se ve, mirando al frente es hermoso. Da gusto contemplar la orografía andina.

Cédric se queda en la casa a descansar un poco porque se encuentra algo enfermo. Iñaki y yo decidimos ir a la comunidad más cercana: Guayama San Pedro. Es un camino de unos 20 minutos de ida y un poco más de vuelta. Vamos por el atajo. Es cierto que hay carreteras de arena que van dando eses entre las montañas y volcanes andinos, pero son sólo para carros y autobuses. La gente de por aquí siempre utiliza caminos, pequeños e imposibles de seguir por algún vehículo. Más adelante, conocer algunos de esos caminos me ayudará bastante a sobrevivir en solitario.

Guayama San Pedro, comparada con Guayama Grande, parece un pueblo pequeño. Incluso tiene un pequeño hostal y varias tiendas (con tabaco y todo…). Pero lo que nos interesa de Guayama San Pedro es tomarnos una cerveza, que acompañamos con unas sardinas. Casi como el vermú en España. No hay que perder tradiciones. Lo dicho: Esto del voluntariado no parece ahora tan duro…

Nos sentamos en una especie de banco en el exterior de la tienda, frente al camino que conduce a Quilotoa y su laguna. Estamos en la gloria.

Guayama San Pedro Aparecen un par de italianos que se dirigen a Quilotoa, con quienes conversamos. Ellos tienen de senderistas lo que nosotros de religiosos. ¿Cómo se puede pretender subir una montaña a las 12 del mediodía? Son turineses y en seguida nos insinúan que quieren marihuana… (montañistas de pura cepa, lo dicho). Charlamos un poco con ellos, incluso me atrevo con mi desaprovechado italiano, y aparece Kathy, de regreso de la laguna. Todos ellos están hospedados en Chugchilán.

Soy consciente en este momento de van a pasarme varias cosas durante el tiempo que dure mi voluntariado. Entre ellas, sé que voy a conocer a mucha gente y que debo conocer Chugchilán, sobre todo si hay allí 3 voluntarias italianas, según lo que me comenta Iñaki. Finalmente eran alemanas, pero da igual. Aprender alemán también es un reto.

HongosCaminamos un poco con los italianos, hasta que el camino se separa en dos. Nos dicen que las numerosas setas (hongos para los ecuatorianos) que hay por allí son comestibles. Esas setas nadie se las come, ni los perros. Decidimos que las prueben los turineses primero y luego ya veremos.

Llegada, de nuevo, a Guayama Grande, comida y a la asociación a dar clases. Mientras yo estaba con los críos, Iñaki se ha ocupado de Natividad. Allí también damos clases a los adultos que estudian a distancia. Son 5 ó 6 personas y, la verdad, comprobando en primera persona cómo viven y cómo trabajan, querer estudiar me parece un acto realmente loable. La otra verdad es que no suelen venir a las clases…

De regreso a la casa hacemos un poco de domingo, limpiamos. Un poco de cangil (palomitas de maíz) y vemos una película malísima de George Clooney. Afortunadamente, eso nos atonta a los tres. Sobre las 21:30-22 horas nos vamos a la cama. Buenas noches desde los Andes.

Dejar un comentario