Primer lunes en Guayama Grande. Como siempre, soy el primero en levantarme y pongo a hervir el agua, como si alguien fuera a parir. Hemos quedado a las 9 para bajar tablones a la granja. Llegamos a comuna sobre las 9:30, cosa que no está nada mal para estar en Ecuador. Segundo no está, aunque sí Fabián, su hijo, que lleva las llaves de su segunda casa, demasiado fría para vivir, y donde están los tablones. A bajarlos tocan.
Aproximadamente hay una distancia de unos 300 metros entre comuna y la granja. No parece mucho, la verdad, pero con unos 15-20 quilos de tablones largos en el hombro y los casi 4.000 metros de altura, el camino se hace eterno. Nos cuesta algo comprenderlo, pero finalmente decidimos ir de tablón a tablón, nada de intentar ser superhéroes, que por los Andes nunca ha estado de moda. Vamos bajándolos, con calma, eso si, con mucha calma. Fabián, aunque es un niño, nos ayuda, así como su madre, Natividad, que viene con su otra hija, Érica, una niña hermosa y fantástica, que siempre se está riendo. Una de las cosas en las que me he fijado, desde que estoy aquí es que todo el mundo trabaja, da igual la edad o el género. Por lo menos hay igualdad. Érica se salva porque es demasiado pequeña.
Cuando acabamos el trabajo, regresamos a casa. Estamos todos reventados, especialmente Cédric y yo. El tortazo que me metí anoche, en la rodilla, duele y me pongo ungüento de esos que van bien para los golpes. Estoy hecho polvo, muy cansado y me duele todo. El trabajo es muy duro, la verdad, o, por lo menos, hoy lo ha sido.
El vecino, Alfonso, un hombre de unos sesentaytantos años, se ofrece a traernos una bombona de gas, fundamental para la cocina y para la estufa. Tiene que ir a la comunidad de al lado, una media hora andando a paso normal, con la bombona vacía, y regresar con una bombona de unos 20 quilos cargada en la espalda. Increíble. Le doy 10 dólares por la bombona y por el servicio (realmente es porque no tenía un billete de 5$). Quizás por los 10 dólares ha venido Natividad, la esposa de su hijastro, Segundo, a ordenarnos el saco de comida que nos dona el párroco de Chugchilán, parroquia a la que pertenece Guayama.
Cédric está constipado pero, además, le han operado 3 veces del corazón y le está doliendo. Iñaki y yo le mimamos como podemos y le dejamos en la cama mientras subimos, de nuevo, a comuna, al local de la asociación, a dar clases a los niños. Lo único que debemos hacer es ayudar a los críos a hacer los deberes de la escuela. Me sorprenden la rapidez mental de Renán y la motivación de Aída.
Irene no hace absolutamente nada y Lucio, el pequeño vecino, juega. Intento enseñarle a Renán a hacer raíces cuadradas pero no hay narices, no me salen. Malditas neuronas que se me mueren… Intento ayudarme con el libro de matemáticas de la escuela pero esta en quichua. Mal asunto. Tendré que aprender quichua –que no quechua (el idioma peruano).
Sobre las 17 horas acabamos nuestro trabajo y regresamos a casa. Merendamos un poco y vemos una película. Cenamos y vemos otra película. Pensaréis que en este voluntariado sólo hemos estado viendo películas…
Mientras nos lavamos los dientes miro las estrellas. Recordad que no tenemos agua corriente en casa (ni fuera), así que el agua viene de los vasos que llenamos con el agua purificada (previa sesión de hervido o de pastilla purificadora).
Menudas estrellas. Ayer se pudieron ver un poco, pero hoy están mucho más lindas. Me gustaría salir afuera y tumbarme en la hierba, pero hace un frío del quince. Mejor estar en la cama, soñando con princesas.
Me duele todo.