¿Qué cosas raras pueden pasarle por la cabeza a una persona de 32 años para decidir coger un avión e irse al otro lado del charco, a una chabola sin apenas electricidad ni agua caliente, ni ingresos económicos? Supongo que sólo hay un motivo claro: la estupidez.
Así, tenemos ya el motivo más claro del viaje, pero también deberíamos entender los motivos para llegar a este estado.
La estupidez, a diferencia de la calvicie, no es hereditaria. Se necesita bastante tiempo para incubar la enfermedad -la estupidez es una enfermedad contagiosa- y un buen día soleado, motivado probablemente por alguna resaca, la enfermedad se convierte, súbitamente, en algo visible, como un vulgar y simple grano, y surge la necesidad de explotar ese problema.
Vayamos por pasos, y resumamos:
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Crisis existencial,
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corazón totalmente roto, en demasiados pedazos,
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ausencia de una imagen de futuro,
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necesidad de reseteo del sistema o un Ctrl + Alt + Supr),
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desacuerdo total con el sistema de vida occidental,
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un último trabajo incubando sillas,
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paro (traducido: mucho tiempo libre y poco dinero),
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sensación de inutilidad,
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miedo,
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posibilidad de hacerlo, al no tener ataduras.
En el último año he cambiado muchas cosas de mi vida. Creo que las decisiones que tomé no fueron las correctas, pero fueron decisiones al fin y al cabo y no me arrepiento de haberlas tomado. Todo se ha torcido demasiado a raíz de esas decisiones y he tenido la suerte o la desgracia de estar trabajando en un lugar que no me llenaba, un lugar en el que más bien me preguntaba sobre mi vida y no tanto sobre el trabajo que tenía que hacer -claro, así me fue…
Si hubiera decidido al revés las cosas no hubieran ido mejor, creo que todo hubiera sido igual que antes. La gran suerte de mis decisiones es que no sólo he podido hacer cosas diferentes, cosas que me han llenado de felicidad. La gran suerte es que he conseguido abrir mi mente y he aprendido a echarle de eso que hay que echarle a la vida. El problema es que aún estoy pagando la factura de todo eso. Con esta experiencia quiero dejar de pagar esta factura tan dolorosa.
Afortunadamente, el primero de octubre amanecí sin trabajo. Es afortunadamente porque, a pesar de un buen sueldo, realmente no hacía nada de nada y me sentía realmente un inútil. Hay gente que aún no entiende esa sensación. La maldita crisis hizo que se cancelaran numerosos proyectos y, en consecuencia, la empresa empezó a cancelar contratos. Fui uno de los primeros. Mucho mejor así.
Inútil. Cuando había trabajo, éste sólo servía para que un mandamás de una conocida caja de ahorros observara cómo van las diferentes sucursales. Tardé en comprender que estaba realmente trabajando para el enemigo.
Pero comencé, entonces, a soñar despierto con irme lejos, a hacer algo realmente útil, sobre todo en relación a mi persona, algo que fuera capaz de llenarme, de nuevo, el corazón, o lo que tenga por aquí dentro. Esta estupidez útil puede servirme para dejar de pagar los cómodos plazos mensuales de la factura de mis decisiones, además de aprender y descubrir nuevas realidades.