En principio, la tarea de hoy era la de cortar uralita (cuyo nombre allí es algo así como “interné”. No tengo demasiado claro si el nombre es ese, pero se parecía bastante), pero Fabián, el hijo de Segundo y quien nos iba a abrir la casa de su papá, donde estaba el material, estaba desaparecido.
Así que en algo debemos ocuparnos. Damos una vuelta alrededor de la casa de voluntarios, a ver el paisaje. Es un panorama fantástico, con una quebrada realmente hermosa. Todo lo que se ve, mirando al frente es hermoso. Da gusto contemplar la orografía andina.
Cédric se queda en la casa a descansar un poco porque se encuentra algo enfermo. Iñaki y yo decidimos ir a la comunidad más cercana: Guayama San Pedro. Es un camino de unos 20 minutos de ida y un poco más de vuelta. Vamos por el atajo. Es cierto que hay carreteras de arena que van dando eses entre las montañas y volcanes andinos, pero son sólo para carros y autobuses. La gente de por aquí siempre utiliza caminos, pequeños e imposibles de seguir por algún vehículo. Más adelante, conocer algunos de esos caminos me ayudará bastante a sobrevivir en solitario.
Guayama San Pedro, comparada con Guayama Grande, parece un pueblo pequeño. Incluso tiene un pequeño hostal y varias tiendas (con tabaco y todo…). Pero lo que nos interesa de Guayama San Pedro es tomarnos una cerveza, que acompañamos con unas sardinas. Casi como el vermú en España. No hay que perder tradiciones. Lo dicho: Esto del voluntariado no parece ahora tan duro…
Nos sentamos en una especie de banco en el exterior de la tienda, frente al camino que conduce a Quilotoa y su laguna. Estamos en la gloria.
Aparecen un par de italianos que se dirigen a Quilotoa, con quienes conversamos. Ellos tienen de senderistas lo que nosotros de religiosos. ¿Cómo se puede pretender subir una montaña a las 12 del mediodía? Son turineses y en seguida nos insinúan que quieren marihuana… (montañistas de pura cepa, lo dicho). Charlamos un poco con ellos, incluso me atrevo con mi desaprovechado italiano, y aparece Kathy, de regreso de la laguna. Todos ellos están hospedados en Chugchilán.
Soy consciente en este momento de van a pasarme varias cosas durante el tiempo que dure mi voluntariado. Entre ellas, sé que voy a conocer a mucha gente y que debo conocer Chugchilán, sobre todo si hay allí 3 voluntarias italianas, según lo que me comenta Iñaki. Finalmente eran alemanas, pero da igual. Aprender alemán también es un reto.
Caminamos un poco con los italianos, hasta que el camino se separa en dos. Nos dicen que las numerosas setas (hongos para los ecuatorianos) que hay por allí son comestibles. Esas setas nadie se las come, ni los perros. Decidimos que las prueben los turineses primero y luego ya veremos.
Llegada, de nuevo, a Guayama Grande, comida y a la asociación a dar clases. Mientras yo estaba con los críos, Iñaki se ha ocupado de Natividad. Allí también damos clases a los adultos que estudian a distancia. Son 5 ó 6 personas y, la verdad, comprobando en primera persona cómo viven y cómo trabajan, querer estudiar me parece un acto realmente loable. La otra verdad es que no suelen venir a las clases…
De regreso a la casa hacemos un poco de domingo, limpiamos. Un poco de cangil (palomitas de maíz) y vemos una película malísima de George Clooney. Afortunadamente, eso nos atonta a los tres. Sobre las 21:30-22 horas nos vamos a la cama. Buenas noches desde los Andes.