¿Dónde voy?

Una vez decidido que me voy de voluntario comienzo a usar Google para encontrar ONG’s que admitan voluntarios. Encuentro varias páginas en donde se informa de los diferentes trabajos de voluntarios y campos de trabajo, por todo el mundo.

Reconozco que el primer voluntariado que me atrae un poco es uno en Gaza. Afortunadamente para mi madre sigo buscando y encontré mi futuro pequeño hogar en Ecuador y no en Palestina. Es afortunadamente porque unos días después empezaba la invasión israelí

Busco ofertas de voluntariado en Italia, en Marruecos, en los Balcanes, en Japón –sí, sí, en Japón- y, de repente se me ocurre que centrarme en los países de habla hispana favorecería mucho la integración, simplemente por cuestión de idioma.

Sudamérica.

Una vez decidida la zona geográfica, comienzo a buscar organizaciones que envíen voluntarios allí. Hace unos años rompí mis relaciones con una ONG en la que participaba (no escribiré su nombre para no hacerles publicidad) debido, entre otras cosas, a que el dinero que se recogía en las diferentes campañas no acababa beneficiando a aquéllos a quienes se decía que iba a beneficiar. Entonces, la información sólo la teníamos unos pocos. Ahora, en estos asuntos de voluntariado se publica el coste del mantenimiento y alojamiento del voluntario. El voluntariado se ha convertido en un negocio.

La mayor parte de las organizaciones –prácticamente todas- exigen un tributo en concepto de cuota de inscripción, entre unos 100/150 y 300€, aproximadamente. Bueno, se acepta.

Luego ya todo roza lo absurdo. Entiendo que puedan llegar a cobrarte una cantidad importante al mes en conceptos de alojamiento si te envían al hostal de una gran capital sudamericana, pero cobrarte entre 300€ (que era lo más barato que encontré) y 500€ (¡sí, 500 euros! ¡Al mes!) por vivir en una cabaña en medio del Amazonas me parece una verdadera tomadura de pelo. En medio del Amazonas no hay agua corriente, ni electricidad ni nada parecido a las comodidades europeas. Cobrar un precio de alquiler europeo en una comunidad indígena perdida en Sudamérica es, simplemente, un robo. Todo ese dinero no llegará, jamás de los jamases, a esas familias. ¡Si ellos viven de sobras con 30/50 $ (dólares) al mes! Como curiosidad: hay hostales en Quito (capital de país) en los que cobran 6$ por noche (6×30=180 dólares, unos 135 euros), aunque lo normal son unos 8$ (240 dólares, unos 180 euros). No sigo más por aquí.

Tengo bastante claro que no me interesan las ciudades. Quiero ir a algún lugar perdido, alejado de la civilización. Descartados los países más ricos y los más o menos peligrosos, quedan sólo 3. Descarto Perú por motivos dolorosamente personales, aunque llego a emocionarme con el blog de Hatunsongeros y tengo unas ganas enormes de irme con ellos, y Ecuador empieza a subir en las apuestas. Busco oportunidades de voluntariado en Ecuador.

¡Bingo!

Encuentro una oferta en la Fundación Ecuador Volunteer que me apasiona. Leo los perfiles de los cuatro voluntarios que necesitan y me veo reflejados en los cuatro. Me pongo en contacto con ellos.

Desafortunadamente no hay lugar para mí allí, pero me dan a elegir entre dos proyectos diferentes. Como el motivo de este voluntariado era la estupidez, me apunto al que me parece más duro (esas cosas de no saber desdoblarse), también el que tiene más oportunidades para un crecimiento personal y para aprender.

Empieza el viaje.

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Los porqués

¿Qué cosas raras pueden pasarle por la cabeza a una persona de 32 años para decidir coger un avión e irse al otro lado del charco, a una chabola sin apenas electricidad ni agua caliente, ni ingresos económicos? Supongo que sólo hay un motivo claro: la estupidez.

Así, tenemos ya el motivo más claro del viaje, pero también deberíamos entender los motivos para llegar a este estado.

La estupidez, a diferencia de la calvicie, no es hereditaria. Se necesita bastante tiempo para incubar la enfermedad -la estupidez es una enfermedad contagiosa- y un buen día soleado, motivado probablemente por alguna resaca, la enfermedad se convierte, súbitamente, en algo visible, como un vulgar y simple grano, y surge la necesidad de explotar ese problema.

Vayamos por pasos, y resumamos:

  1. Crisis existencial,
  2. corazón totalmente roto, en demasiados pedazos,
  3. ausencia de una imagen de futuro,
  4. necesidad de reseteo del sistema o un Ctrl + Alt + Supr),
  5. desacuerdo total con el sistema de vida occidental,
  6. un último trabajo incubando sillas,
  7. paro (traducido: mucho tiempo libre y poco dinero),
  8. sensación de inutilidad,
  9. miedo,
  10. posibilidad de hacerlo, al no tener ataduras.

En el último año he cambiado muchas cosas de mi vida. Creo que las decisiones que tomé no fueron las correctas, pero fueron decisiones al fin y al cabo y no me arrepiento de haberlas tomado. Todo se ha torcido demasiado a raíz de esas decisiones y he tenido la suerte o la desgracia de estar trabajando en un lugar que no me llenaba, un lugar en el que más bien me preguntaba sobre mi vida y no tanto sobre el trabajo que tenía que hacer -claro, así me fue…

Si hubiera decidido al revés las cosas no hubieran ido mejor, creo que todo hubiera sido igual que antes. La gran suerte de mis decisiones es que no sólo he podido hacer cosas diferentes, cosas que me han llenado de felicidad. La gran suerte es que he conseguido abrir mi mente y he aprendido a echarle de eso que hay que echarle a la vida. El problema es que aún estoy pagando la factura de todo eso. Con esta experiencia quiero dejar de pagar esta factura tan dolorosa.

Afortunadamente, el primero de octubre amanecí sin trabajo. Es afortunadamente porque, a pesar de un buen sueldo, realmente no hacía nada de nada y me sentía realmente un inútil. Hay gente que aún no entiende esa sensación. La maldita crisis hizo que se cancelaran numerosos proyectos y, en consecuencia, la empresa empezó a cancelar contratos. Fui uno de los primeros. Mucho mejor así.

Inútil. Cuando había trabajo, éste sólo servía para que un mandamás de una conocida caja de ahorros observara cómo van las diferentes sucursales. Tardé en comprender que estaba realmente trabajando para el enemigo.

Pero comencé, entonces, a soñar despierto con irme lejos, a hacer algo realmente útil, sobre todo en relación a mi persona, algo que fuera capaz de llenarme, de nuevo, el corazón, o lo que tenga por aquí dentro. Esta estupidez útil puede servirme para dejar de pagar los cómodos plazos mensuales de la factura de mis decisiones, además de aprender y descubrir nuevas realidades.

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