De nuevo, y para variar, me he despertado sobre las 4 de la mañana (hora local). Mi cuerpo aún no se acostumbra a estos nuevos horarios. Maldito jet-lag…
Me despido de Paola, mi anfitriona, cojo un taxi –conversación sobre el tráfico- y me dirijo a la zona de Mariscal, donde está la fundación, para quedar con Iñaki, el voluntario que ya está trabajando en Guayama. Pese a llegar tarde, maldito tráfico, soy el primero en llegar. Aún no me acostumbro a los nuevos horarios, pero sí a la puntualidad ecuatoriana.
Parece ser que la noche anterior, Iñaki había conocido a un suizo que decidió venirse con nosotros a Guayama Grande. Hacemos las presentaciones de rigor, nos reímos un poco, cogemos un taxi y nos dirigimos a la Terminal terrestre de Quito, para coger un autobús hacia Latacunga. Un navarro, Iñaki, un suizo, Cédric, y un catalán, Xavi, se ponen en marcha, a compartir penas y alegrías. Parecemos un buen equipo.
Las primeras impresiones sobre mis compañeros son muy positivas. Me da la impresión que voy a pasármelo muy bien con ellos, además del hecho significativo que somos europeos, es decir, con una cultura y una visión del mundo parecida. La verdad es que nos reímos mucho.
Me sorprende la negociación de Iñaki con el taxista en relación al precio de la carrera. Da la impresión de que se están peleando. Hace muy poco que estoy en Ecuador, así que aún no estoy acostumbrado a estas maneras de regatear para establecer los precios. Ya aprenderé y me acostumbraré, seguro.
El autobús no está nada mal, la verdad, e incluso ponen dos películas seguidas del Van Damme, para no aburrirnos. De vez en cuando, en alguna parada, sube un ejército de comerciantes que vende bebidas, fritadas, secos, chochos… También sube otro tipo de comerciantes que venden dvs (léase dividís) llenos de películas y música, por sólo 1.5 dólares. Cédric compra un dividí del maestro Vicente Fernández. Será un personaje importante en nuestro voluntariado.
Bajamos en Latacunga. Es una ciudad mucho más pequeña que Quito (aunque de más de 100.000 habitantes) y, por usar una palabra vulgar, es más pueblerina que la capital. Se ven muchos más indígenas que en Quito y, al principio, me da la sensación de estar completamente perdido. Lo más destacable de esta ciudad es su mercado. Cientos de comerciantes se establecen en las paraditas del mercado para vender sus productos, desde todas las razas de plátanos conocidas hasta bolsos y almuerzos. Nos dirigimos al Hostal Café Tiana en donde, además de dormir y las cosas que suelen hacerse en un hostal, hemos quedado con el coordinador del proyecto en Guayama. Son 8 dólares la noche, en habitación compartida. Es un hostal muy bonito, la verdad, de estilo colonial. Una sopa y una cerveza de las grandes, mientras esperamos al coordinador, Jorge. Llega tarde, por supuesto –hora ecuatoriana-, y conversamos sobre el proyecto.
Como, según dice, los bancos están cerrados, Iñaki le presta 15$. Probablemente los invierta en cerveza.
De 13 a 14, siesta. Hay costumbres que no deben perderse. Posteriormente, nos sentamos los tres héroes en unos bufs en medio del pasillo. Como hay que concretar los detalles del proyecto, empezamos a beber cervezas. Se nos da bastante bien. No se puede esperar nada bueno de un medio-vasco, de un suizo y de un catalán. El trabajo de voluntariado no parece tan duro…
Entre cerveza y cerveza, llega Segundo, hermano de Jorge y antiguo coordinador del proyecto. Llueve. Con Segundo concretamos precios de cemento, bloques, etc. para la granja de pollos que vamos a construir porque la granja es ahora el proyecto. Charlamos de lo que necesitamos y lo que necesitamos aún más, y se inicia un diálogo de besugos acerca de cuánto es un quintal. Hablamos cómodamente de quintales, pero ninguno de los cuatro tiene alguna ligera idea de lo que es. Lo descubriríamos días más tarde.
Tendríamos que haber salido a comprar todo el material necesario por la tarde pero, entre cerveza y cerveza, y más tarde el hambre, salimos a cenar. Filetmignon… en una parrillada española (o por lo menos eso dice en el cartel del restaurante). Exquisito. Este delicioso manjar se convertirá en algo importante en el futuro. Y más cervezas. Repito que esto del voluntariado no parece tan duro…
Hay un apagón generalizado. Todo Latacunga se queda a oscuras durante unas horas y la cena se produce entre románticas velas. Me llama Paola, mi anfitriona en Quito, y me explica que en Quito están también sin luz. Parece ser que una avioneta ha caído justo en una centralita eléctrica.
Volvemos al hostal. En la habitación pongo un poco de música, vemos unas fotos y, sobre las 22 horas, todos a dormir. En Ecuador todo el mundo se acuesta muy pronto, desde un punto de vista etic. Mañana a Guayama Grande. Empezará lo realmente duro. Antes, en Latacunga, tendremos que comprar el material. Y unas cervezas.