Guayama Grande, el vídeo (por fin)

Un recuerdo, un guiño, una sonrisa, una idea, una obsesión, una liberación y una cadena… Todo y nada.

Por fin ha llegado la producción más costosa de lo que llevo de año. Un film lleno de acción, fantasía y sexo, sobre todo mucho sexo (así veréis el vídeo hasta el final)…

Canguil (palomitas), sofá, pañuelos y a disfrutar.

(Quizás el navegador necesite instalar un plugin, si no lo tenéis actualizado, para poder ver la película. Aceptáis y solucionado)

http://guayama.hastio.com/wp-content/uploads/Guayama3.flv

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Mate de Coca…

Mate de coca

 

Las ojeras y los Iliniza

Sobre las 6 de la mañana llaman a la puerta. Es el guía que acompaña a la pareja afincada en Italia (no recuerdo su nombre, cachis). Hay que ver la salida del sol. Iñaki y yo salimos como podemos, seguro que con unas ojeras hasta la barbilla. Cédric es el más inteligente de los tres: sigue durmiendo.

Llegamos a lo alto del Quilotoa, casi corriendo –es que es subida- y nos unimos Preciosoal pequeño grupo de María y su guía. Las nubes que hay nos permiten contemplar los Iliniza, la pareja de volcanes, pero del Cotopaxi no sabemos nada. Nos lo acabamos de perder por apenas 5 minutos. Lástima. Las nubes corren demasiado rápido por estos páramos. De todas formas, todo esto es precioso. Merece la pena haberse levantado a estas horas.

De regreso al hostal desayunamos los cuatro largo y tendido, con mate de coca. La extensa conversación hace que Paolo, que no se encuentra demasiado bien del estómago, se mosquee. Parece ser que han pagado mucho dinero al guía como para mantener una conversación relajada mientras se desayuna.

Finalmente, Cédric se levanta, el trío marcha en carro y nosotros pensamos en la manera de regresar a Guayama. Después de mucho esperar, conseguimos un carro por 10 dólares, aunque nos pedía 20. Aquí todo es negociable. No sólo el vendedor debe conocer el precio, el comprador también debe tener un precio aproximado de lo que quiere pagar.Madrugando...

Nos subimos en la parte posterior del carro. ¡Qué frío! Afortunadamente, va bajando gente y un poco más adelante podemos pasar al interior. Nuestro conductor nos pregunta acerca de la crisis financiera y se lo intento explicar como puedo y, claro, la siguiente pregunta es por qué los estados no ponen más billetes en circulación…

Le intentó explicar lo de la inflación, pero es inútil. Dejamos de conversar.

Por fin llegamos a casita. Comida y película. Llegan Segundo y el maestro constructor. Pienso en Los Pilares de la Tierra y que la granja va a tener proporciones de catedral. Negociamos precios y esas cosas. Siempre es agradable charlar con Segundo, es una persona muy agradable.

Casi en la guerrilla...Lo que necesitamos ahora son los bloques y el cemento. Pero ya llegarán. Estamos en Ecuador y las cosas se van haciendo… Es imposible estresarte.

Por la noche, mientras vemos otra película, aparece Alfonso, el vecino, con su hijo, Lucio. Me da la impresión que viene porque quiere tomar y fumar. Conversamos acerca de la chimenea que le dijimos que le construiríamos. En seguida me dice eso de “compañerito, ¿un cigarrito?”. Poco después nos pregunta si ya no tomamos aguardiente… Debido a que tuvimos la gran idea de poner ese alcohol nefasto en una botella de agua de plástico, Cédric, por error, bebió un poco y no le vi escupir, pero no me cabe ninguna duda de que lo hizo. Nadie más ha tocado esa botella, ni los perros…

Alfonso es una persona de más de 60 años y, si bien sabe algo de español, no lo habla cotidianamente. Suele hablar quichua. Es muy complicado entenderle y me imagino que a él le cuesta también entendernos a nosotros. Supongo que es por eso que no entiende las indirectas del “bueno…”, “qué sueño hace…”, “habrá que irse a dormir pronto…”. Hasta que él no decide irse, no se va. Creo que el motivo es puramente cultural. Los comuneros no acostumbran a echar a nadie de sus casas cuando van a visitarlos. Quizás por eso las fiestas duran hasta 3 días. Tengo que profundizar un poco más en esto.

Hay que añadir que cuando Alfonso decide irse, lo hace con decisión y casi de un salto, cosa que también es una sorpresa. Me pide la linterna.

Finalmente, seguimos con la película y ¡me duermo! Y eso que era Resident Evil 3: Extinción… A la cama y hasta mañana. Buenas noches desde los Andes ecuatorianos.

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Quilotoa

No hace falta decir que soy el primero en levantarme aunque, en esta ocasión, mis compañeros tardan muy poco en levantarse. Llamo al señor Marcelo y me dice que hoy no va a subir el bloque a Guayama, que quizás mañana domingo o el lunes. La progresiva adaptación al horario ecuatoriano hace que piense que la expresión “quizás mañana o pasado mañana” signifique esperar por lo menos una semana.

En el autobús Hacemos las compras de rigor y nos dirigimos a la terminal terrestre. En una acción totalmente improvisada decidimos coger el autobús que nos lleve a Quilotoa. El viaje, junto a sus caminos encharcados y los perros que no paran de ladrar (mira que hay perros en Ecuador…), es más bien un París-Dakar. Me hace mucha gracia la inscripción que hay en el espejo interior: “Si la muerte me sorprende sea bienvenida”. Finalmente, después de unas horas, llegamos a Quilotoa, donde tenemos que pagar 2 dólares para entrar.

Primero buscamos hostal y lo encontramos en el Hostal Cabañas. Es un hostal muy bonito y agradable, aunque es mucho mejor si se va en pareja y no con 2 compañeros más que se pasan todo el día tirándose pedos…

Segundo, comemos.

No veo nada... Lo interesante del volcán Quilotoa (3.845m) es la laguna que se ha formado en su cráter. Su agua es de color verde esmeralda, aunque varía a lo largo del día. Después de comer intentamos verla, pero las condiciones climáticas hacen que no podamos ver absolutamente nada. Tendremos que esperar.

Pues a comprar, claro. Allí cerca hay un pequeño mercado, en plan hippie, donde los indígenas intentan venderte todo lo que se pueda. Lo malo es que entras y todos los comerciantes te hacen sentir culpable de su miseria. Es horrible. Es un acoso para convencerte de que compres. Finalmente, después de la negociación de rigor, nos compramos unas chaquetitas de lana de alpaca.

Quilotoa no es muy grande. Eso sí, tiene unas vistas magníficas y muchos hostales. ¡Incluso tienen un billar! Claro que es un billar sin bola blanca, torcido y con un tapete lleno de agujeros, pero un par de cervezas ayudan a sentirnos un poco más como en Europa.

Quilotoa Y al hostal a por una película. Después, la cena, donde conocemos a nuestros compañeros de cabaña: una pareja metalera de Quito, María –una barcelonesa afincada en Italia, con quien hablo en catalán- y Paolo –el italiano de rigor que siempre debe perseguirme-, y el guía de esta pareja. Tenemos una charla muy agradable.

Después de cenar vemos otra película y a dormir. El guía nos dice que debemos levantarnos sobre las 5 de la mañana para ver el amanecer en la laguna porque es un espectáculo realmente hermoso.

Mi estómago va empeorando.

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Mi primer 3.000

El Panecillo Salida a hacer de turista por Quito. Visito el centro histórico, donde todo es de estilo colonial. Observo que allí, cualquier cosa se hace por dinero. Hasta lo más absurdo, como preguntar adónde se va a x lugar, puede llegar a pagarse. Sólo unos centavos, claro. Hay que confiar más en los mapas y en la aventura. De todas formas, la verdad es que es todo muy barato. Visita al arzobispado y sedes oficiales varias de la municipalidad. Me da la impresión de estar en una película. Los numerosísimos taxis son amarillos. Hay muy pocos turistas, muy pocos gringos. Parece ser que el turismo de verdad suele realizarse los fines de semana. Mejor, más tranquilo.

Me resulta muy curioso que todos los quiteños me informen de que debo tener cuidado con los cacos, que parece ser que se producen muchos robos y, sobre todo, a turistas. También me alertan del peligro de los taxistas, que suelen cobrar de más a los extranjeros. Como consejo, me avisan que debo vigilar que siempre pongan en marcha el taxímetro.

Ya conocemos la devoción católica de los ecuatorianos. Parece ser que conquistadores y misioneros hicieron buen su trabajo. Estos ahora no necesitan edificar ninguna escultura, ya lo hacen los propios ecuatorianos.

Una de las cosas importantes que hay que saber de Quito es que está completamente rodeada de montaña. Quito se va construyendo -porque sigue creciendo- a lo largo del valle que van dejando esas montañas, con el volcán Pichincha a la cabeza, y el resultado es una ciudad larga, muy larga, y relativamente de poca anchura.

Pero claro, aparece una montaña justo en medio de Quito. Intentan botarla pero es quizás demasiado atrevido. ¿Qué hacer con las montañas tercas? Claro que sí, hay que poner una cruz enorme o una escultura religiosa enorme.

En esta montaña, el Panecillo, se llega a los 3.000 metros -¡mi primer 3.000!- y se observan las inclemencias azarosas meteorológicas. La escultura religiosa que aparece justo encima de la montaña es la Virgen, y, como hace poco que ha pasado Navidad, todavía aparecen dos reyes magos adorando a la Virgen. Todo está hecho a escala monumental. Cuanto más grande sea la imagen, antes llegaremos al cielo…

Allí también hay unas cuantas tiendas con productos típicos (y en los quioscos venden alka-seltzers). Lo más destacado, además de la grandiosa figura, es que puede verse los dos Quitos (norte y sur). Y siempre resulta una gratificación poder hacer algunas fotos desde las alturas.

Como curiosidad, parece ser que la montaña tiene forma de panecillo (sí, pan pequeño), aunque yo no he tenido narices de verlo, así que ese es el nombre que se ha quedado.

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Jet-lag, mal de altura y alteración estomacal

Quito

Anoche llegué a Quito sobre las 21 horas. Me fui a dormir sobre las 22 (4 de la mañana en España). Y no podría ser de otra manera: a las 2 de la noche me despierto (son las 8 de la mañana en España). No consigo dormir más. Sólo doy vueltas y más vueltas.

En tres días he dormido poco más de 4 horas. Me levanto a las 7:30 para desayunar, ducharme e irme a la Fundación, a que me informen de lo que sea porque no tengo nada claro. Noto los casi 3.000 metros de altura de Quito: no tengo ganas de fumar. Como tengo fuerza de voluntad, consigo seguir fumando y no aprovechar la altura para dejarlo.

Afortunadamente me acompaña Paola a coger el autobús. Se trata de la eco-vía, un carril especial, en medio de la larga avenida 6 de diciembre, en el que sólo circulan estos autobuses. Es como el metro. Pasan aproximadamente cada 10 minutos. Es una buena idea, pero no tanto como la de ir cientos de personas en él al mismo tiempo. Es imposible tener frío.

En la Fundación hablo con Anita, con Mary y con Francisco. Me informan un poco sobre mi trabajo, sobre la situación de las comunidades y el conflicto minero. Interesante, la verdad. Ellos me colocan en un lugar, perdido en el mapa, y creo que, con sus indicaciones, mi única tarea es la de sobrevivir. Me da la sensación que estaré en un reality show… Creo que pretenden darme miedo, pero sé muy bien que necesito verlo todo con mis propios ojos.

Vuelta a casa y a comer un poco.

Tengo el estómago algo alterado. Me imagino que el cambio en la alimentación me ha alterado un poco. Lo suficiente como para sentirme demasiado hinchado y con gases. Cada uno hace lo que buenamente puede. Yo voy soltando gases…

Un poco de turismo por Quito. Sobre las 17 horas (las 23 en España) me entra mucho sueño, aunque intento aguantar. Espero dormir toda la noche. Son las 21:15. Buenas noches desde el otro lado del Atlántico.

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