Guayama Grande, el vídeo (por fin)

Un recuerdo, un guiño, una sonrisa, una idea, una obsesión, una liberación y una cadena… Todo y nada.

Por fin ha llegado la producción más costosa de lo que llevo de año. Un film lleno de acción, fantasía y sexo, sobre todo mucho sexo (así veréis el vídeo hasta el final)…

Canguil (palomitas), sofá, pañuelos y a disfrutar.

(Quizás el navegador necesite instalar un plugin, si no lo tenéis actualizado, para poder ver la película. Aceptáis y solucionado)

http://guayama.hastio.com/wp-content/uploads/Guayama3.flv

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¡Chugchilán, mamá!

Chugchilán, mamá

A ChugchilánIñaki comentó que en Chugchilán colaboraban dos voluntarias italianas. Ya sabemos mi predilección acerca de las italianas (perdón, de las voluntarias italianas), así que hay que conocerlas. Bueno, realmente considero que tiene que haber un vínculo entre todos los voluntarios y cooperantes de la zona, para que otros lleguen donde uno no puede llegar. Chugchilán, además, es la parroquia a la que pertenece Guayama Grande, así que está bien ir a conocer el lugar.

Curiosamente, hoy nos hemos levantado todos bastante pronto y a caminar. El trayecto dura más o menos unas dos horas. Cédric sufre del corazón y hemos tenido que parar bastante a descansar y a tomar aire (Iñaki y yo sólo sufrimos nuestros vicios con el tabaco y la enfermedad de la edad). El paisaje es fantástico, muy hermoso. Las fotos no acaban de mostrar toda esta belleza.

Camino a Chugchilán        Llegamos a Chugchilán sobre las 12 de la mañana y nos dirigimos directamente al hostal Cloud Forest, un edificio que ya presume maneras. No nos decepciona. Comemos un par de hamburguesas (¡carne, carne!), con papas, claro, y observamos que hay 2 francesas en el hostal. Son Lulú y Aurèlie, dos cooperantes que hacen su trabajo en Quito. Se les acaba el voluntariado y están de excursión al Quilotoa. Hablamos y hablamos, jugamos a cartas y a cartas e Iñaki va haciendo mojitos y mojitos…

Un poco más tarde aparece otra chica, es Catarina, una voluntaria alemana destacada en Chugchilán. Aunque no lo sepa en estos momentos, más adelante, Catarina, junto al resto de voluntarias alemanas, se convertirán en mis salvadoras, en mis ángeles –caídas, claro. Catarina me comenta que en la escuela de Chugchilán necesitan a un informático. Interesante. Me lo pienso.

Están locos estos franceses También aparecen 2 franceses: Thierry y Laurent (creo que se llaman así), y las dos compañeras de Catarina.

Seguimos con los mojitos… Esto del voluntariado en el último rincón del mundo no parece tan duro…

Pero nos llega una muy mala noticia. Hace una semana, cuando estábamos en Latacunga, el padre de Cédric tuvo un ataque al corazón. Afortunadamente, le operaron y todo fue muy bien. El teléfono de Cédric vuelve a sonar hoy: su hermano ha fallecido.

Se acaban los mojitos y le hacemos compañía.

Cena en el Cloud Forest Cédric se va animando. Debido a sus problemas de corazón, tiene muchas ganas de vivir, de seguir viajando por Sudamérica. Se ha pasado muchos años encerrado en hospitales y no tiene ganas ni de regresar a ellos ni de acabar prematuramente su viaje para regresar a Suiza. Seguimos bebiendo mojitos.

Todos los huéspedes cenamos al mismo tiempo. Es un clima realmente bonito. Todos riéndonos, haciendo el idiota. Genial.

FieshtaY después de la cena viene lo mejor. José Luis, el jefe del hostal, ha llamado a su hermano y a dos amigos más. Vienen a hacernos un concierto. Como todos ya tenemos algo de alcohol en sangre, ya estamos animados. Se nota. Esta noche bailamos, reímos, tomamos, disfrutamos… Mención especial ha de tener la Canción del Mí que me marqué, canción que, desde entonces, me va a perseguir hasta la tumba.

Es la mejor fiesta en Ecuador, Karaway incluido. Cuando se van todos a dormir, me quedo fuera, relajado, tomando una cerveza. Necesito pensar. Y a dormir.

Finalmente, no había cooperantes italianas… Eran alemanas. Tendré tiempo para conocerlas.

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Mate de Coca…

Mate de coca

 

Las ojeras y los Iliniza

Sobre las 6 de la mañana llaman a la puerta. Es el guía que acompaña a la pareja afincada en Italia (no recuerdo su nombre, cachis). Hay que ver la salida del sol. Iñaki y yo salimos como podemos, seguro que con unas ojeras hasta la barbilla. Cédric es el más inteligente de los tres: sigue durmiendo.

Llegamos a lo alto del Quilotoa, casi corriendo –es que es subida- y nos unimos Preciosoal pequeño grupo de María y su guía. Las nubes que hay nos permiten contemplar los Iliniza, la pareja de volcanes, pero del Cotopaxi no sabemos nada. Nos lo acabamos de perder por apenas 5 minutos. Lástima. Las nubes corren demasiado rápido por estos páramos. De todas formas, todo esto es precioso. Merece la pena haberse levantado a estas horas.

De regreso al hostal desayunamos los cuatro largo y tendido, con mate de coca. La extensa conversación hace que Paolo, que no se encuentra demasiado bien del estómago, se mosquee. Parece ser que han pagado mucho dinero al guía como para mantener una conversación relajada mientras se desayuna.

Finalmente, Cédric se levanta, el trío marcha en carro y nosotros pensamos en la manera de regresar a Guayama. Después de mucho esperar, conseguimos un carro por 10 dólares, aunque nos pedía 20. Aquí todo es negociable. No sólo el vendedor debe conocer el precio, el comprador también debe tener un precio aproximado de lo que quiere pagar.Madrugando...

Nos subimos en la parte posterior del carro. ¡Qué frío! Afortunadamente, va bajando gente y un poco más adelante podemos pasar al interior. Nuestro conductor nos pregunta acerca de la crisis financiera y se lo intento explicar como puedo y, claro, la siguiente pregunta es por qué los estados no ponen más billetes en circulación…

Le intentó explicar lo de la inflación, pero es inútil. Dejamos de conversar.

Por fin llegamos a casita. Comida y película. Llegan Segundo y el maestro constructor. Pienso en Los Pilares de la Tierra y que la granja va a tener proporciones de catedral. Negociamos precios y esas cosas. Siempre es agradable charlar con Segundo, es una persona muy agradable.

Casi en la guerrilla...Lo que necesitamos ahora son los bloques y el cemento. Pero ya llegarán. Estamos en Ecuador y las cosas se van haciendo… Es imposible estresarte.

Por la noche, mientras vemos otra película, aparece Alfonso, el vecino, con su hijo, Lucio. Me da la impresión que viene porque quiere tomar y fumar. Conversamos acerca de la chimenea que le dijimos que le construiríamos. En seguida me dice eso de “compañerito, ¿un cigarrito?”. Poco después nos pregunta si ya no tomamos aguardiente… Debido a que tuvimos la gran idea de poner ese alcohol nefasto en una botella de agua de plástico, Cédric, por error, bebió un poco y no le vi escupir, pero no me cabe ninguna duda de que lo hizo. Nadie más ha tocado esa botella, ni los perros…

Alfonso es una persona de más de 60 años y, si bien sabe algo de español, no lo habla cotidianamente. Suele hablar quichua. Es muy complicado entenderle y me imagino que a él le cuesta también entendernos a nosotros. Supongo que es por eso que no entiende las indirectas del “bueno…”, “qué sueño hace…”, “habrá que irse a dormir pronto…”. Hasta que él no decide irse, no se va. Creo que el motivo es puramente cultural. Los comuneros no acostumbran a echar a nadie de sus casas cuando van a visitarlos. Quizás por eso las fiestas duran hasta 3 días. Tengo que profundizar un poco más en esto.

Hay que añadir que cuando Alfonso decide irse, lo hace con decisión y casi de un salto, cosa que también es una sorpresa. Me pide la linterna.

Finalmente, seguimos con la película y ¡me duermo! Y eso que era Resident Evil 3: Extinción… A la cama y hasta mañana. Buenas noches desde los Andes ecuatorianos.

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Quilotoa

No hace falta decir que soy el primero en levantarme aunque, en esta ocasión, mis compañeros tardan muy poco en levantarse. Llamo al señor Marcelo y me dice que hoy no va a subir el bloque a Guayama, que quizás mañana domingo o el lunes. La progresiva adaptación al horario ecuatoriano hace que piense que la expresión “quizás mañana o pasado mañana” signifique esperar por lo menos una semana.

En el autobús Hacemos las compras de rigor y nos dirigimos a la terminal terrestre. En una acción totalmente improvisada decidimos coger el autobús que nos lleve a Quilotoa. El viaje, junto a sus caminos encharcados y los perros que no paran de ladrar (mira que hay perros en Ecuador…), es más bien un París-Dakar. Me hace mucha gracia la inscripción que hay en el espejo interior: “Si la muerte me sorprende sea bienvenida”. Finalmente, después de unas horas, llegamos a Quilotoa, donde tenemos que pagar 2 dólares para entrar.

Primero buscamos hostal y lo encontramos en el Hostal Cabañas. Es un hostal muy bonito y agradable, aunque es mucho mejor si se va en pareja y no con 2 compañeros más que se pasan todo el día tirándose pedos…

Segundo, comemos.

No veo nada... Lo interesante del volcán Quilotoa (3.845m) es la laguna que se ha formado en su cráter. Su agua es de color verde esmeralda, aunque varía a lo largo del día. Después de comer intentamos verla, pero las condiciones climáticas hacen que no podamos ver absolutamente nada. Tendremos que esperar.

Pues a comprar, claro. Allí cerca hay un pequeño mercado, en plan hippie, donde los indígenas intentan venderte todo lo que se pueda. Lo malo es que entras y todos los comerciantes te hacen sentir culpable de su miseria. Es horrible. Es un acoso para convencerte de que compres. Finalmente, después de la negociación de rigor, nos compramos unas chaquetitas de lana de alpaca.

Quilotoa no es muy grande. Eso sí, tiene unas vistas magníficas y muchos hostales. ¡Incluso tienen un billar! Claro que es un billar sin bola blanca, torcido y con un tapete lleno de agujeros, pero un par de cervezas ayudan a sentirnos un poco más como en Europa.

Quilotoa Y al hostal a por una película. Después, la cena, donde conocemos a nuestros compañeros de cabaña: una pareja metalera de Quito, María –una barcelonesa afincada en Italia, con quien hablo en catalán- y Paolo –el italiano de rigor que siempre debe perseguirme-, y el guía de esta pareja. Tenemos una charla muy agradable.

Después de cenar vemos otra película y a dormir. El guía nos dice que debemos levantarnos sobre las 5 de la mañana para ver el amanecer en la laguna porque es un espectáculo realmente hermoso.

Mi estómago va empeorando.

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Cuerpo limpio, ropa limpia

Seco de polloHemos pasado la noche en el autobús. Por lo menos hay poca gente que se dirige a Latacunga a estas tempestuosas horas y podemos agenciarnos de un par de asientos cada uno. Hace frío. Desde Guayama sólo sale un autobús hacia Latacunga, el de las 3 de la mañana, así que no hay más remedio (más adelante conseguí tener otras opciones). Para variar, no consigo dormir en el autobús.

Al llegar a Latacunga, sobre las 6:30, nos dirigimos directamente al mercado a desayunar. En España estoy acostumbrado a beberme sólo un café para desayunar. Sin embargo, en Ecuador se acostumbra a desayunar en condiciones. Iñaki y yo nos comemos un seco (arroz) de pollo. Poco a poco y estando fuera de Guayama me iré acostumbrando a comer tanto a primeras horas del día.

Hostal Tiana Y hacia el Hostal Café Tiana, nuestro centro de operaciones en Latacunga. Directamente nos metemos en la cama, a dormir un poco. Al despertarme toca ducha. Mejor dicho: ¡La ducha! Sienta de narices eso de estar debajo de agua corriente y, además, caliente. Hay un cartel en el que pone que no nos aprovechemos demasiado del agua caliente… No le hago mucho caso. Sólo el hecho de escuchar a la mujer de la limpieza hace que empiece a secarme. Ha merecido la pena. ¡Cuánto echaba de menos una ducha en condiciones!

Lavandería Comemos sobre las 3 de la tarde: más arroz. Y una cerveza. Salimos a dar una vuelta por Latacunga y, fundamentalmente, a la lavandería. La ciudad no parece demasiado grande, aunque seguro que tiene que serlo mucho más debido a los más de cien mil habitantes que viven aquí. Oscurece y regresamos al hostal, a cenar. En el hostal se come muy y muy bien, la verdad. Nos comemos una lasaña.

Paso algunos momentos de crisis, que se solucionan cuando voy a dormir. Buenas noches.

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Mi primera cima

En teoría hoy debíamos colaborar en el trabajo de campo con Natividad. Pero sólo en teoría. No ha habido narices de encontrar a la mujer, así que en algo debemos ocuparnos.

Le doy mucha importancia al conocer dónde estoy, así que me he decidido hacer mi primera cima. Además, si me saco de encima el mal de altura, mucho mejor. Iñaki y Cédric deciden hacer otra mesa (nos estamos convirtiendo en carpinteros profesionales).

Mochila con lo básico: chubasquero, cámara de fotos, papel de combate (por si las moscas) y una botellita de agua.

Paisajes Hay una loma al otro lado de la quebrada y me parece un buen primer sitio para ascender. En línea recta, el camino no parece ni tanto ni tan duro… Lo malo es que los Andes no se caracterizan por los llanos. He de bajar un valle y luego volverlo a subir al otro lado. Mis pulmones ya no tienen –tristemente- 20 años y la presión de los casi 4.000 metros se notan.

El descenso no tiene demasiada complicación. Sólo se trata de no poner el pie donde no se debe y hacer lo mismo con el otro pie. Al final del valle hay un rio, con muy poco caudal y una cascada. El saltito al otro lado no es complicado. Y a subir. Empieza lo duro. Entre paradita y paradita, para respirar, voy subiendo.

En poco más de una hora consigo mi objetivo: ¡Cumbre!

Estoy orgulloso de haber llegado hasta arriba, hasta donde yo quería, pese a que mi Pepito Grillo me decía continuamente que regresara por donde he venido.

Cumbre y celebración Para celebrar mi meta, me siento y me fumo un cigarro. Las buenas celebraciones siempre necesitan de un buen cigarro. Se ve Guayama desde aquí.

Regreso a Guayama. Lo que antes era una bajada no muy dura se convierte ahora en una subida mortal… Es dura de narices. Poco a poco consigo regresar a la casa de voluntarios, donde Iñaki y Cédric han acabado la nueva mesa.

Y después de comer, a dar más clases.

Me voy dando cuenta de la dificultad del voluntariado en la comunidad.

Y película y cama prontito.

A las 2 de la mañana nos levantamos para coger el autobús que nos llevará a Latacunga.

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Estoy vivo, creo

Después de una jartá de horas (unas 29 horas), he llegado finalmente a Quito. La primera impresión es la del aeropuerto: ¡está en todo el medio de la ciudad! Me he alojado con una familia quiteña muy agradable y, parece ser que hoy mismo me iré hacia Guayama Grande, aunque tengo ganas de quedarme en Quito al menos un día más.

Sufro jet-lag, mal de altura y alteración estomacal. O sea, casi todo lo posible. He comido guayabas y cosas raras con queso y he bebido unos jugos (unos cuantos), he visitado el centro de Quito y, además de eso, estoy bastante bien y muy contento de mi elección.

La población quiteña es asquerosamente educada, al menos en el habla. Todo el mundo se trata de usted y se emplean continuamente muletillas del tipo "muy agradecido", "páselo usted bien" y el sempiterno "ya, ya" (con el que no acabas de saber si te dicen que sí o si te dicen que no).

Información práctica: pese a que en yoigo me confirmaron que en Ecuador tenían servicio de roaming, NO lo hay, así que me he comprado un móvil. No hace falta que me enviés mensajes. Hasta finales de marzo no los voy a leer.

Hoy no esperaba conectarme a Internet, así que no tengo los papeles de mis notas. Ya los iré escribiendo por aquí cuando lo tenga previsto.

A ver si no me pierdo en mi viaje a Guayama. ¡Ánimo!

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El viaje (II)

Primera hora: Me fumo un cigarro. Llego a la T4 y doy vueltas por el aeropuerto. Me siento en uno de los asientos de la cafetería. Están empezado a abrirla. Miro a la gente. La gente me mira a mí.

Esperando... Segunda hora: Ya empiezo a estar cansado de no hacer nada. Pongo en la mesa mi libro de sudokus. Me entretengo un poco pero me gusta más mirar a la gente. Tengo sueño.

Tercera hora: Desayuno en la zona habilitada para fumadores y me fumo unos cuantos cigarros.

Cuarta hora: Exploración de la T4 de Barajas. Veo que abren el check-in y hago la facturación.

Quinta hora: Ahora la ausencia de los 13,5 quilos en la espalda me permiten explorar aún más el aeropuerto. Me voy hasta la T2.

Sexta hora: Hace un frío del carajo. Esta mañana, cuando llegué al aeropuerto estábamos a –6º, ahora no es tanto pero se nota.

Séptima hora: Me fumo los últimos cigarros en España, llamo a familiares y amig@s para despedirme y subo al embarque.

Octava hora: Subimos, menos mal, al avión. No sé si ahora empieza lo peor, que son 13 horas de viaje.

En el avión.

En el avión Primera hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. ¿Cómo será todo eso del voluntariado? ¿Cómo será Guayama Grande?

Segunda hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Me pongo los cascos, a ver si la música me amansa.

Tercera hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro.

Cuarta hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Esto es un verdadero suplicio.

Quinta hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. El vecino es un árabe irlandés. Va a Quito a ver a su novia ¡por primera vez!

Sexta hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Qué rara es la tipografía árabe, y más si se observa desde el rabillo del ojo.

Séptima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Instintos suicidas.

Octava hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Cambio de hora en el reloj. Me hago un lío.

Novena hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. ¿Por qué no nos caemos al mar y le doy una alegría a mi madre, por el seguro? Además, me mantendría ocupado.

En el aviónDécima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Vaya, se me ha olvidado en casa el adaptador inalámbrico wireless. No sé si lo utilizaré.

Undécima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. 3.469.317 elefantes se balanceaban en una tela de araña…

Duodécima hora: En el aire. Intento dormir. No lo consigo. Me aburro. Coño, cuántas horas seguidas de sol… ¿Dónde están las estrellas? Después de 22 horas ya podría anochecer de una vez…

Decimotercia hora: ¡Por fin! ¡Llegamos a Quito! Lo primero que hago, al salir del aeropuerto, es fumarme un cigarro.

Historia cíclica.

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El viaje (I)

Me hubiera encantado que hubiera sucedido algo importante en mi viaje hacia Madrid y, por eso, cuando el autobús se ha parado en medio de la autopista, he hecho el gesto, casi instintivo, de sacar la cámara, el papel y el bolígrafo. Pero nada a destacar. Se ha bajado el conductor, se ha escuchado un "clonc", ha vuelto a subir, ha arrancado el autobús y hemos proseguido nuestro viaje.

En el autobús Una de las cosas que he aprendido al viajar unas cuantas horas en bus es la de situarme en los asientos finales, para estirarme completamente y poder hacer un intento de dormirme. Ahora esto es mucho más fácil debido a que cada vez hay menos gente que viaje en autobús. He conseguido mi objetivo hasta llegar a Zaragoza. Allí he bajado a fumarme un cigarrillo. Grave error. Parece ser que un chaval, que ha subido en mi deseada Zaragoza, ha tenido la misma idea que yo. Al final nos hemos quedado los dos en los asientos finales, cada uno en un extremo, sin podernos estirar, y manteniendo una guerra mental. Yo le intentaba transmitir eso de "en los asientos delanteros estarás mejor", pero nada de nada. Era un duro rival. Al final hemos hecho la segunda mitad del viaje sentados, ambos con cara de tontos, claro. No he conseguido dormir.

Al bajar en la T4 de Barajas he ido directo al baño. El autobús tenía uno, per es que a mí esos mini-lavabos me dan mucho miedo. He usado la táctica del "me aguanto" y ha funcionado. Son las 6:15.

En la T4 le he preguntado a un guardia de seguridad si la T1 estaba muy lejos para ir andando. Debe haberme visto con pinta de pueblerino: se me ha puesto a reír… De todas formas me ha informado, muy amable, que podía ir en metro o en bus gratuito del aeropuerto. Y ha empezado a hablar del metro, incluso cuando ha aparecido una sonrisa en mis labios cuando he escuchado la palabra "gratuito"… ¡que soy catalán, home!

Una vueltecita en bus en la que he observado las caras de la gente que no sabe adónde la llevan -no como yo- y nos hemos plantado en la T1. Por cuestiones de cortesía, por supuesto, que soy muy educado, he dejado que el resto del pasaje bajara primero. Les he seguido, aún sabiendo -por supuesto- dónde iba yo.

En la terminal he ido de un lado a otro hasta que, a las 9:30, han abierto el check-in. 13,5 Kg de mochila. No está mal. En función a mi peso corporal: 64 tristes quilos, no tendría que llevar más de 8,3Kg… Me paso sólo un poquitín, y un poquitín más si añadimos la mochila de mano (yo paso de bolsos)…

Tras una breve, pero afable, discusión con la señorita del mostrador (para mí que era señora) acerca de cuál es la mejor posición de la mochila para que no se enganche con nada, la cinta transportadora se ha tragado la mochila, me ha dado el documento de embarque -la invitación a la fiesta- y he pensado que me estaba apuntando su número de teléfono, pero no. Lo que me apuntaba eran las posibles puertas de embarque. Creo que me las ha escrito todas porque reamente no tenía ni idea. Tocará buscar.

Y ahora, tras una enésima llamada de mi madre, que creo necesita un par de tilas, me he tomado un cortado y me he comido un croissant. Los he disfrutado. Quién sabe si no los vuelvo a catar en 3 meses…

5 horas para la salida…

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